Nueve metros


Mediados los años sesenta, apareció por los boy-scouts un jefe de Máquinas de la Armada dispuesto a desvelarnos los secretos de la navegación a vela. Era Gerardo García Pardo, un hombre exigente y bondadoso, virtudes cardinales en la enseñanza. Al tiempo que sometía a prueba su paciencia con la cuadrilla de chavales, gestionaba la cesión de una embarcación de la Marina en desuso para que practicásemos los aprendices de grumetes y proeles. Sobre cuartillas trazábamos líneas y calculábamos con el auxilio de senos y cosenos el vector resultante de la fuerza del viento y la ceñida. Coronó con éxito su mediación ante las autoridades, y allá nos fuimos la muchachada a pasar las tardes, hasta un pañol del Cuartel de Instrucción situado hacia la Punta del Martillo, a raspar las maderas de un nueve metros en desuso. Era un bote robusto, con chumaceras de latón, empleado tiempo atrás en el adiestramiento de los reclutas en el remo. Nos esforzamos con el empeño y la ilusión que solo caben en una mente adolescente hasta que afloró reluciente la madera tostada y noble de la embarcación. Entretanto, en la sombra de los despachos, germinaba una envidia o un chusco rencor cuartelero enquistado en una coca dorada hasta el punto de frustrar la donación del bote. Nunca pudimos arbolar sus dos palos ni envergar en las entenas sus velas al tercio para surcar la ría. Cuando paseo por el puerto, evoco este episodio al observar -el primero en el pantalán- un nueve metros con los pertrechos a bordo, el verduguillo algo descascarillado y la estopa embreada pidiendo un nuevo calafateado de los costados. Recuerdo también, con cariño, aquel gesto generoso de García Pardo.

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