Con otros ojos

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No, no me digan lo contrario. Piénsenlo un instante. Seguro que ustedes también han visto alguna vez el Paraíso. Y que lo han hecho con los ojos de este mundo, sin necesidad de adentrarse en ese inmenso misterio que nos rodea y que, antes o después, acabará revelándonos a todos -a cada uno cuando le llegue su hora, claro- los secretos que todavía no nos han sido desvelados. Alguien, evidentemente muy sabio (ahora no sabría decirles quién, van a tener que disculparme), dijo una vez que, cuando eres niño, el Paraíso suele estar en casa de tu abuela. Afirmación que yo comparto por completo, hasta el punto de que me parece que, a este lado del río, hay pocas verdades más grandes. Las abuelas son el cordón que nos une a cuanto hay de valioso en el hecho de existir, a la esencia de la vida. Y también, si me permiten el inciso, la mejor escuela del arte de contar, Especialmente si son abuelas gallegas, como muy acertadamente ya subrayó en su día García Márquez. Por eso el Paraíso suele estar con ellas. También cuando las llamamos a través de los caminos de la memoria: cuando desde nuestra orilla, mientras se va haciendo cada vez más tarde, las recordamos. Pero hay más puertas que permiten acercarse al Paraíso, claro que sí, al menos con la mirada. Si bien es necesario advertir que para ello hay que recuperar también la mirada de los tiempos de la infancia, los ojos de ese niño que una vez fuimos y del que descendemos sin saber explicarlo. Yo recuerdo muy bien -lo hablaba, no hace tanto, con Ramón Pernas y con César Antonio Molina- unos magníficos Reyes Magos a caballo que había en Sillobre. Y la escalera de caracol del campanario.

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