La fuerza de la genética

José Antonio Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

En un acto literario reciente me encontré con una compañera de estudios en la Universidad. Me alegré de verla porque era buena amiga y porque, al final, fue ella la que, con su conversación amena, salvó un acto más bien anodino. Hablamos de muchas cosas, pero especialmente de aquellos tiempos. La memoria es un tobogán incontrolado cuando se trata de evocar recuerdos lejanos: a veces nos quedan grabados detalles insignificantes y olvidamos otros de más importancia. Por ejemplo, yo recordaba que ella casi siempre llegaba tarde a la primera clase de la mañana, a pesar de que vivía a pocos metros de la Facultad. Al comentárselo, después de un irónico «vaya, creí que se me recordaría por algo de más consistencia», reconoció con gracia que siempre le había costado muchísimo madrugar. Ahora que está jubilada es cuando realmente se le acabó el suplicio de tener que levantarse temprano. Antes de las diez que no cuenten con ella. Que eso de que «A quien madruga, Dios le ayuda» no deja de ser un dicho popular inventado por los que no pueden dormir más de cinco horas, pero carece de fundamento. Y que, además, lo de madrugar, no le va bien a todas las personas. Hay organismos que necesitan poca cama, y otros que sin las ocho horas reglamentarias andan desajustados toda la jornada siguiente. Como yo tampoco soy de los fanáticos de madrugar, la escuchaba sin ofrecer ningún tipo de objeciones a lo que decía. Y fue lo mejor, porque concluyó sus argumentos con una historia estupenda que me contó de una tía abuela monja. Vino a ser, como ya dije, el toque literario que le había faltado al acto en el que habíamos coincidido. Resulta que esa tía abuela era monja en el convento de clausura de Belvís, en Santiago, el que estaba enfrente del colegio en el que yo estudié interno el bachillerato elemental, lo que me aproximó sentimentalmente a la historia. Sería una de las que yo veía, desde la ventana de mi habitación, andar por la huerta cuidando de las hortalizas que allí plantaban. Mi compañera nunca llegó a conocerla, aunque conocía muchos pormenores de su vida. Se los contaba su abuela materna, hermana de la monja. Por ella sabía que era la encargada de tocar las campanas (tres veces al día; la primera, a las seis y media de la mañana, ¡qué horror!) y que también se ocupaba del torno y de las faenas de la huerta. Había entrado en el convento con veinte años, y allí se pasó la vida, entre rezos y pucheros, como decía Santa Teresa. Además, en la clausura los años no se cuentan por días, sino por cuaresmas, advientos y navidades, para no alterar el ritmo lento de la vida. Y allí vivió, entre las campanas, el torno, la celda y la huerta, esta mujer con su talante animoso y buen desempeño de su oficio. Pero ya muy mayor, cayó enferma y la atendió un médico joven, que, entre otras cosas, le preguntó cuántos años llevaba en el convento: «Entré con 20 y tengo 90: 70 años». «¿Y cómo fue su vida aquí. No hubo nada que la incomodase, que no le gustase?» «Pues mire, mi vida aquí fue buena, sencilla y muy vivida interiormente. Pero sí que hubo algo a lo que no me pude acostumbrar nunca: el madrugar tanto cada día». La prescripción del médico solidario fue que esta monja, en adelante, no debería levantarse de la cama antes de las diez de la mañana. «Como puedes ver, lo mío no era vagancia, sino el poder de la genética», concluyó mi compañera.