Me he debido de perder algún fascículo de la historia de la izquierda y del sindicalismo interpretado desde ella. Ya sospechaba que tanto ir al río a pescar truchas -bueno, sí: a intentarlo- tenía sus riesgos. Si uno presta demasiada atención a la sección del sedal, al color de la cucharilla o a la precisión del lance, malo, malo. Tal vez deba regresar al cebo vivo (no al saltón, desde luego, muy fatigoso para mi físico) a ver si así recobro la capacidad de pescar y pensar simultáneamente, y reviso este lapso. Hasta donde llegué, alcanzaba a ver que en un movimiento obrero con un remoto y aun descafeinado sentimiento de pertenencia a una clase social, el internacionalismo, el avance en la extensión y profundización de la democracia… en algún residuo de aquel viejo marxismo, en fin, podría aceptarse como mal menor fabricar armas para una dictadura integrista que financia el terrorismo yihadista. Como mal menor: hay que alimentar a una familia, hay que vivir. Pero no sin cierta vergüenza intelectual, con sonrojo ético, con impotencia: la realidad no da para más. Pero de ahí a salir públicamente a defender ese comercio armamentista va un trecho bastante pringoso. Con una escuadrilla de corbetas no cuela, qué risa, aquella historia tan divertida de convertir en fines humanitarios la venta de un portaviones, ¿recuerdan? El Chakri Naruebet inauguró el portento: un portaeronaves especializado en socorrer a las víctimas de los tifones, y el Gobierno tailandés, la primera dictadura militar que inició tan inédita como beatífica experiencia. En fin, una cosa es que el liberalismo se imponga por pelotas, y otra, más dolorosa, es despojar de dignidad a la derrota.