Agosto ha consumido casi un tercio de sus días. Y en una mañana gris como la de hoy (escribo el lunes) el septiembre de la normalidad parece más cerca. Con él llegará la imagen de miles de niños que vuelven a las aulas. Casi únicas fechas en las que son como colectivo protagonistas de la actualidad. Pero hay otra dramática realidad en la que lo son individualmente: el maltrato. Sin entrar en la gama de malos tratos, que parecen inimaginables por dirigirse a las más indefensas de las criaturas, otros problemas, aunque sean tan graves como este, no pueden desviar nuestra atención de lo que es la mayor vergüenza de sociedades que se consideran avanzadas.
No es fácil abordar un asunto tan sensible sin el peligro de convertir el problema en un reclamo informativo sensacionalista y con el morbo que, en sectores de productores y consumidores de información, despiertan algunas noticias sobre este tema. Pero la infancia necesita una protección mucho más amplia y matizada que, por ejemplo, la legislación sobre castigos (léase bofetadas) Y para eso es urgente: abordar desde ámbitos diversos un estudio profundo sobre las causas, prevención y tratamiento de esta lacra incompatible con el progreso e integrar y dotar a los servicios sociales municipales, por ser los más cercanos a la familia y a la escuela, ámbitos principales del maltrato, de los recursos y competencias necesarios para ejercer sus funciones.
Los niños son transparentes. Pero, para interpretar sus palabras o sus silencios hay que saber leer en sus ojos y hacerlo en la cercanía del encuentro…