Parece que, al fin, el Gobierno se ha dado cuenta de que en España no se lee, o se lee mucho menos de lo conveniente, y va a proponer un Plan de Fomento de la Lectura, según anunció esta semana alguien del ministerio correspondiente. Eso sí, no sabemos en qué va a consistir ni cuándo se va a poner en marcha. Y ya se sabe que aquí no podemos fiarnos solo de las buenas intenciones… Han tardado tiempo en darse cuenta de lo que muchos ciudadanos y la mayoría de los profesionales de la Enseñanza hemos detectado desde hace años. Quienes hayan seguido esta columna saben de mi cruzada personal a favor de que se lea en la escuela, empezando ya, y especialmente, en la Enseñanza Primaria. No tiene la menor importancia que a los niños pequeños no se les enseñe algo abstracto como es el estudio gramatical. Pero sí es fundamental que se les enseñe a leer comprendiendo lo que leen; a resumir, por escrito y oralmente, lo que han leído, y a ser capaz de expresarse, en ambos planos, con corrección cuando lo necesiten. Y no hay mejor herramienta para este necesario aprendizaje que la lectura. Lo sabían muy bien, ya en el último cuarto del siglo XIX, los profesores de la Institución Libre de Enseñanza, pero aquí no interesó seguir sus consejos ni, por supuesto, sus planes educativos. Sí lo hicieron, en cambio, otros países europeos para suerte de sus ciudadanos.
Pues parece que ahora cundió la alarma porque, según el CIS, el 39 % de los españoles no leyó ni un libro en el año 2015 (del 2016 no hay por qué esperar mejores noticias). Se cierran librerías a un ritmo de 700 al año y cada vez hay menos dinero para las bibliotecas públicas. El Gobierno, como decía, se ha dado por enterado. Algo es algo. De lo que ya no me fío es de sus propuestas para que la lectura vaya convirtiéndose en un hábito natural entre la población española y salga de este estancamiento deplorable en que se encuentra.
A lo mejor se les ocurre algún anuncio publicitario con políticos y deportistas famosos con un libro en las manos, cuyos mensajes nadie creería. Cuando hay soluciones mucho más lógicas y baratas, que darían mejores resultados. Por ejemplo, rescatar la lectura para las aulas. Que se lea en clase, que el alumno aprenda a leer con entonación, con el ritmo adecuado, que vendrá de respetar las pausas, con la concentración necesaria para entender lo que está leyendo. Que se insista en valorar la lectura como una actividad lúdica que puede ser un estupendo entretenimiento al mismo tiempo que una impagable fuente de conocimiento constante. Que se haga ver la conexión de la lectura con el desarrollo de la imaginación del niño lector, incidiendo en la importancia de esta facultad en cualquier faceta de la vida humana, pues la imaginación no solo es indispensable para un escritor o un artista, sino también para un ingeniero, para un arquitecto, para un carpintero, para cualquier oficio. Que le hagamos ver a los alumnos que la lectura de libros de buena literatura les hará conocer experiencias que han de resultarles muy valiosas para la vida, así como que les aportarán valores positivos para su propia formación humana y personal. Pero, claro, para llevar a cabo soluciones tan sencillas habría que sustituir al ejército de pedagogos oficiales que tiene mando en el ministerio por filólogos y profesores con sentido común. Que los hay, y saben de esto.