Estuve en un acto cultural en mi pueblo y disfruté mucho con la estupenda actuación de la banda musical Ateneo de Negreira, que protagonizó gran parte del mismo. Es un grupo numeroso de chicos y chicas de la localidad, subvencionado por el Ayuntamiento, con estudios musicales de conservatorio, que han alcanzado una calidad muy alta para la edad de sus componentes. Uno, que fue adolescente en este pueblo, no puede más que alegrarse de ver cómo mejoran los tiempos y cómo hoy los jóvenes de este rincón gallego tienen las mismas oportunidades de cultivar aficiones culturales y deportivas que los de las ciudades. En mi época de la escuela pública, las diversiones de los niños eran las que nosotros mismos nos buscábamos (el fútbol, el río, los tebeos, las pequeñas travesuras…). Nadie se preocupaba de organizar algo que pudiera enriquecernos humana y culturalmente. El mundo rural y el urbano se han ido igualando en la cobertura de las necesidades básicas para el desarrollo armónico de los más jóvenes. Hay todavía bastante camino que recorrer, pero hoy mi pueblo tiene cubiertas sus necesidades educativas con un colegio de Enseñanza Primaria y otro de Secundaria y Bachillerato; deportivas, con campos de fútbol, equipo en tercera división, piscinas (climatizada y al aire libre); y culturales, con bibliotecas y asociaciones de diversos tipos. Solo hay que lamentar bastantes desaguisados arquitectónicos, algunos recientes, la mayoría heredados de época pasadas, que han perjudicado la semblanza histórica de una villa que nació en la Edad Media alrededor de un castillo, convertido luego en el majestuoso Pazo del Cotón.
Escuchando el concierto de estos jóvenes músicos, comprobé, también, que la afición musical en mi pueblo sigue viva. Por ejemplo, siempre gustaron aquí las bandas de música. No había fiesta patronal en la que no tocase, por lo menos, una. Podía haber orquesta o no, pero la banda no fallaba. En mi época llegó a haber dos, en sendas parroquias de nuestro propio Ayuntamiento. Y eso que eran malos tiempos para la música (y para todo). Sus componentes eran parroquianos que vivían de un oficio (labradores, carpinteros, albañiles) y que le sacaban horas al descanso para ensayar por la semana y tocar en las fiestas de verano. Muchos eran autodidactas, y mal que bien, se iban defendiendo. Los pasodobles, los boleros y las marchas militares eran sus puntos fuertes. El sitio de Zaragoza lo tenían dominado. Los niños los seguíamos en sus pasacalles con un jolgorio respetuoso, porque uno era el padre de Juanito, otro, el tío de Lolo, y así. También, por el respeto a la afición de estos hombres, a su dedicación, a la seriedad con que siempre se comportaban en público.
Un día, la banda más floja de las dos tocaba en las fiestas del pueblo. Lo habían hecho también el día anterior, se habían acostado muy tarde, era la época de la siega del centeno y estaban muy trasegados. En la sesión vermut, muy concurrida como siempre, empezaron una pieza, y, al poco, el director mandó parar. Volvieron a empezar, y volvió a pararlos. Así hasta cuatro veces. El bueno de don Daniel, el director más paciente del mundo, con la mejor cara que pudo, les dijo: «Vamos a ver: paso porque entréis a destiempo, y desafinados, y en tonos distintos… Pero, hombre, ¡a ver si tocamos todos la misma!» Bueno, un mal día lo tiene cualquiera, digo yo.