Asistir a un congreso literario empieza a resultarme un poco pesado. El horario muy denso, moverse en grupo y la pesadez de algunos ponentes hacen que uno se vuelva ya muy selectivo ante este tipo de reuniones. Una de ellas a la que voy con gusto es el congreso anual que convoca, para sus socios, ACAMFE (Asociación de Casas Museos y Fundaciones de Escritores), al que acuden los directores de esas instituciones y patronos de las mismas. Es un ambiente agradable, con gente especializada que lo sabe todo de los escritores que representan y que están muy al día del mundo cultural. Compartir unos días con ellos es como hacer un máster de alto nivel. El encuentro tiene, además, como anécdota pintoresca, que los asistentes nos llamamos entre nosotros, por comodidad y para cuestiones de organización, por los nombres de los escritores a los que representamos. Especialmente al comienzo del Congreso. Así se oye con toda naturalidad: «aún no llegó Unamuno», «Lope de Vega viene con su mujer», o «mañana se altera el programa: Galdós hablará antes que Azorín». En la primera cena, a mí, que en esa situación soy Valle-Inclán, me correspondió sentarme al lado de Cervantes. Todo un honor, pero me entró una ligera preocupación porque dos mancos juntos podíamos tener serios problemas a la hora de manejar el cuchillo o la pala. Al momento me tranquilicé pensando que Cervantes tiene recursos para todo. Y así fue, nos arreglamos sin muchos problemas y cenamos muy a gusto.
Pero no es para hablar del congreso por lo que traigo aquí este tema, sino para comentar uno de los actos que formaban parte del programa. El lugar donde se celebró fue en Bilbao y nuestro anfitrión era la Fundación Blas de Otero, que en este año conmemora el centenario del nacimiento del célebre poeta. Él fue el iniciador y principal representante de la poesía social de los años 50, y uno de los pilares de la poesía contemporánea. Siempre me gustó la pulcritud de su estilo y la confianza que mostró en los valores del ser humano. Se opuso a lo que creía injusto, pero siempre buscó la parte positiva de las personas y de los hechos, siempre creyó en la fuerza de la palabra y en el beneficio de la paz y de la democracia. Pido la paz y la palabra (1955) es uno de sus grandes libros, una voz que trae esperanza y aire nuevo en aquellos años anodinos y decadentes de la historia de España. Pues bien, el acto al que me refería fue la proyección de un vídeo sobre la temática fundamental de Blas de Otero, en el que se entrevistaba a un señor octogenario, muy lúcido, que había sido testigo paciente del bombardeo de Guernica durante la guerra civil. Fue el 26 de abril de 1937: la legión Cóndor alemana y la aviación legionaria italiana desatan un infierno de bombas sobre la población civil, unos 7.000 habitantes en aquel momento. Él era un chaval de 13 años y sobrevivió en un refugio. Murieron 1.600 personas, entre ellas gran parte de su familia, y el pueblo quedó arrasado e incendiado. Pero lo admirable era la falta de rencor que había en su relato. Su noble rostro le hablaba a la cámara e invitaba al olvido y a la buena convivencia, pedía, también, la paz a través de la palabra. Me impresionó su generosidad y su mirada limpia. Qué falta hacen hoy personas así, y qué poco necesitamos a los del odio y el rencor eterno. Y menos, en el Congreso de los Diputados.