Curiosidad juvenil

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

A medida que pasan los años me convenzo más de aquello que decían los clásicos cuando afirmaban que la juventud del ser humano no se debe medir por los años que tiene, sino por la curiosidad que demuestra. Dicho de otra manera: se puede ser viejo mentalmente a los veinte años y joven a los ochenta, depende de la actitud con que se esté en la vida, del interés que se tenga por aprender algo nuevo, de estar abiertos a lo que no conocemos, de descubrir aficiones y cultivarlas con interés. Yo tuve la certeza de que mi abuelo había entrado en la vejez cuando en casa compraron un televisor y él no se atrevía ni a encenderlo ni a apagarlo, por miedo a no saber hacerlo y estropear el aparato. Yo era su mando a distancia para esta tarea (de canal no se cambiaba, sólo había dos). Y muchos años más tarde tuve también el convencimiento de que mi madre se había hecho mayor cuando se negó a manejar el lavaplatos. Aquello de varios programas, lavado y prelavado, la desbordaba. Además, decía que platos y vasos quedaban mejor lavados a mano? Y si esos argumentos no eran convincentes, buscaba otros, el caso era no enfrentarse con la máquina. Por todo esto, soy de los convencidos de que hay que estar siempre abiertos a todo tipo de novedades e innovaciones que la vida diaria nos va ofreciendo, especialmente en el campo de la cultura, del saber y de la tecnología, que ya está en todo, para mantenerse a gusto con uno mismo y en sintonía con los demás. Sobre todo, después de la jubilación laboral, en que hay que llenar esas largas horas que antes se dedicaban a la profesión.

Por eso, siempre sentí una gran estima por aquellas personas mayores que van sumando años, pero no pierden el interés por aprender, ni la curiosidad por lo nuevo, ni las ansias de saber, lo que, en definitiva, no es otra cosa que tener ganas de vivir. En este sentido, recuerdo un artículo de Francisco Ayala quejándose, con 92 años, de que el nuevo modelo de ordenador que se había comprado le estaba ocasionando algunos quebraderos de cabeza, como perderle un trabajo que le había llevado días redactarlo. Él venía de usar uno de aquellos Amstrad paleolíticos, y el nuevo PC le resultaba demasiado complicado. No sé cómo acabó esa relación, pero apostaría a que, en los diez largos años que aún vivió Ayala desde esa compra, el escritor acabó dominando la máquina. La tenacidad juvenil de una persona mayor acaba siempre imponiéndose. También mi admirado Jorge Luis Borges estaba empezando a estudiar árabe y japonés cuando le llegó la muerte, a los 86 años? Y en uno de los últimos dibujos de Goya, se ve un viejo encorvado y apoyado en un bastón, de pelo y barba blancos, con esta leyenda: «Todavía aprendo». Es un autorretrato del pintor, sordo, enfermo y desterrado; y el texto, una declaración íntima del artista indomable que aún tiene cosas que aprender en su oficio?

Por suerte, hoy en día los jubilados tienen muchas más expectativas que la de seguir a diario las obras que hay en su pueblo. Asociaciones culturales, peñas excursionistas, la Universidad sénior, etc. sirven para que se sientan vivos y útiles, al mismo tiempo que cultivan sus aficiones o aumentan conocimientos sobre temas diversos. Además, facilitan su relación con otras personas de edad e intereses parecidos. Es la mejor fórmula para seguir siendo joven?, de espíritu y de cabeza. Que no es poco.