Habitamos un mundo de sombras chinescas, de figuraciones y mascaradas, de fantasmagorías y hologramas: nada es lo que parece. Un partido político con más de un siglo de dignidad laica y republicana tiene a gala ser social-monárquico y clerical -y aún se preguntarán sus empleados, los que viven de él: Elector, Elector, por qué me has abandonado-; unas Fuerzas Armadas que han de defender una Constitución aconfesional destacan patrullas de profesionales a escoltar imágenes de madera policroma en desfiles religiosos; una Iglesia que se dice de los pobres invierte tres veces más dinero en una deficitaria televisión privada reaccionaria y derechista, valga la redundancia, que en Cáritas; una astillero público sostén y paz de una comarca se vanagloria de suministrar sofisticadas armas a una monarquía feudal, misógina y sostén financiero del terrorismo internacional; una sociedad civil que encuesta tras encuesta del CIS confirma su abandono de la práctica religiosa se echa en masa a la calle para participar en ritos de cartón piedra; para qué seguir si ya lo sintetizó magistralmente el capitán Renault en Casablanca -«¡Qué escándalo. He descubierto que aquí se juega»-. Y, de repente, en este ballo in masquera verdiano -por cierto, un regicidio- surge el aria de un barítono descamisado que desentona de manera insultante: no solo es republicano sino que tiene el descaro de decirlo; no solo es laico sino que se atreve a proclamarlo. Pero ¿es que a este chico no le han enseñado buenas maneras en su casa; que se puede ser republicano, a condición de defender la monarquía, y ser ateo siempre que se comulgue beatamente los domingos? Hombre, por Dios.