El gusto por contar

José A. Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

Se acaba de fallar el «Premio de Narrativa Gonzalo Torrente Ballester», que, desde hace 27 años y de forma ininterrumpida, viene convocando la Diputación Provincial de A Coruña. Una constancia tan inusual como meritoria, porque muy pocas Instituciones públicas, con sus periódicas alternancias políticas, son capaces de mantener tenazmente un concurso literario que cada año convoca a centenares de narradores de cuentos y de novelas, en gallego y en castellano. El Premio Torrente se mueve en una participación muy elevada, entre 500 y 600 trabajos recibidos, a la altura de otros concursos literarios de prestigio, como el Planeta, el Alfaguara o el Nadal. Algo por lo que hay que felicitar, sin duda, a la Diputación coruñesa, porque el «Torrente» tiene una convocatoria a la altura de aquellos, sin contar con tanta proyección mediática.

Cada año me sorprendo, como miembro del jurado, de la cantidad de trabajos que se presentan al concurso. Es cierto que una cosa es la cantidad y otra la calidad, y que en ocasiones se encuentra uno con textos escritos por gente tan atrevida como indocumentada; pero también sabemos que de la cantidad se puede decantar calidad. Y por eso, en cada certamen siempre hay una docena de textos muy interesantes, bien escritos, que pueden optar a ganar dignamente el premio. Lo hará uno solo, bien porque su calidad es superior a los demás, bien porque su temática, su forma expositiva, su brillantez o sobriedad estilística coinciden con el gusto mayoritario del jurado que los está juzgando. Pero no es de la dificultad de juzgar cualquier concurso artístico, sino de la gran concurrencia que se da en los premios novelísticos. De la cantidad de obras presentadas al «Torrente» y a otros certámenes pudiera deducirse que las circunstancias que rodean al género novelístico no son tan adversas como parece, pues solemos decir que la gente no lee, que hay muy poco tiempo para el ocio creativo, que la atención del personal la acapara la tele y el ordenador?

Desde luego, esta elevada concurrencia de la que hablamos nos llevaría a pensar que no existen tales impedimentos. Pero yo creo que la verdadera razón por la que unos leen y otros escriben, está en que una y otra actividad son necesarias; por algo inherente al ser humano, por el eterno anhelo de trascender su contingencia real y limitada. Por el deseo de aderezar su vida cotidiana con dosis de ficción que le permitan escapar de la chata realidad. Un poco en la línea de lo que dijo Torrente Ballester a propósito de Pessoa: «Cada uno de nosotros está compuesto no sólo por lo que fue y lo que hizo, sino ante todo por lo que pudo ser y por lo que soñó hacer». A través de la ficción literaria podemos, pues, hacer realidad todo eso que no fuimos ni hicimos, y que nos hubiese gustado ser y hacer. Quizá sea por esto por lo que nos atrae la literatura y, particularmente, la novela. Contar historias, leer historias: un binomio asociado que nos acaba ganando, a los que las escriben y a los que las leen.

Don Quijote y Emma Bovary llegan a perder el norte de la realidad cotidiana y, con sus lecturas, fundan otra imaginaria en la que acaban instalándose. La magia del relato (en este caso oral) bien construido le salvó la vida a Scherazade, en Las mil y una noches. Esa magia es la que busca el novelista y es la que espera el lector de novelas.