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FERROL

26 abr 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay pocas ciudades en España, entre las de su dimensión demográfica, que tengan una historia literaria tan rica como Pontevedra. Desde el trovador Paio Gómez Chariño (siglo XIII), hasta Torrente Ballester y Filgueira Valverde, pasando por los padres Feijoo y Sarmiento, Amado Carballo, Castelao y el gran Valle-Inclán, entre otros, las calles de Pontevedra están familiarizadas con versos y páginas literarias. Hoy, una nómina de escritores, que no puedo citar por extensa, sigue manteniendo la literatura en el alto nivel de siempre. Una ciudad así de ilustrada fue el lugar idóneo para la reunión anual del jurado de la Asociación Española de Críticos Literarios, que falla los Premios de la Crítica en las cuatro literaturas del Estado. Un jurado constituido por veintiún críticos llegados de todos los puntos de España para hablar de literatura, para escoger la mejor novela o el mejor poemario publicados en el año anterior en castellano, en gallego, en catalán y en euskera. Tarea complicada porque son muchas las obras que se editan en un año, y no son pocas las de una calidad considerable. Hay mucha tela que cortar, mucho que discutir, mucho que reflexionar. Sin ninguna duda, si el lugar que compartes en esos dos días es grato y hospitalario, la labor de elegir uno entre tantos se hace menos ingrata.

Y Pontevedra hoy en día es una delicia. Si siempre tuvo el atractivo de una riqueza monumental de gran valor, hoy a eso hay que añadirle el acierto restaurador de plazas y edificios nobles, así como el empeño municipal en hacer una ciudad humanizada, en donde se mejoró el medio ambiente urbano -menos humos, ruidos y contaminación-, con más espacios públicos, y en donde se ganó de forma brillante la batalla al tráfico de vehículos. Cada vez que el grupo de críticos salía a la calle, sus integrantes olvidábamos por un momento libros, novelas y poemas para centrarnos en lo que la ciudad nos iba ofreciendo. Y vimos niños jugando en las plazas, sin temor al peligro de los coches (pocos, y no a más de 30 por hora). Vimos gente en bici, por deporte o camino de algún recado. Paseamos plácidamente por la plaza de la iglesia de Santa María -la Colegiata de La saga/fuga de J.B., de Torrente Ballester-, en la cual se cuenta que se pelearon Valle-Inclán y el periodista y también escritor Torcuato Ulloa, disputándose los favores de la Bella Otero, otra gloria pontevedresa. Recorrimos las estrechas calles del viejo barrio de pescadores, de los pequeños comerciantes judíos, con sus casas sencillas que conservan su identidad medieval. Pequeñas cafeterías, comercios con sabor antiguo, en una ciudad abierta a la modernidad. Admiramos los bellos pazos urbanos que ponen un sello inconfundible de personalidad en el panorama urbano de la ciudad, así como los edificios que los masones construyeron a principios del siglo XX, con sus escalinatas, palmeras y arquitectura neoclásica. Teósofos, masones y librepensadores también ayudaron a engrandecer esta bella ciudad.

A estas alturas del artículo, con el espacio casi agotado, no sé muy bien si quise hablar en él de los Premios de la Crítica, de literatura o de Pontevedra. Creo que mejor todo mezclado, porque todo se acompasó armoniosamente en un combinado cultural, literario y urbano difícilmente repetible.