España, y esta comarca más, tiene un problema demográfico que es de gravedad semejante a la gravedad de la crisis económica. La bajísima natalidad y la mayor esperanza de vida son las causas del envejecimiento de la población. Y esto tiene consecuencias sociales y económicas de gran importancia. Incomprensiblemente este problema no forma parte de las preocupaciones prioritarias de los partidos políticos ni de los gobiernos de las diferentes administraciones. Es urgente tomar algunas medidas, como ampliar el apoyo a las familias, más allá de las consabidas e inútiles deducciones fiscales actuales, que ni son relevantes ni animan a aumentar la familia. Y, en esta misma dirección, habría que defender que ser padre o madre tendría que merecer la consideración de patrimonio de la humanidad y, como tal, digno de protección.
No se trata de establecer premios a la natalidad, que esta es la fácil y recurrente caricatura que se emplea, en ocasiones, para descalificar su defensa.
Hay que remover los obstáculos que impiden que quienes tengan en su proyecto de vida la maternidad y la paternidad reciban de las instituciones apoyo para serlo. Y hay cosas que deben y pueden hacerse, por ejemplo: que el problema demográfico tenga el lugar que merece en los programas electorales, para saber en qué medida preocupa y ocupa a quienes pueden y deben abordarlo. Miremos a nuestro alrededor: la ciudad y la comarca han entrado, mayoritariamente, en la tercera edad. ¡Alarma demográfica!