Piropos

José Antonio Ponte Far VIÉNDOLAS PASAR

FERROL

22 feb 2015 . Actualizado a las 05:00 h.

Los hombres de mi generación estamos muy sorprendidos por el rechazo unánime que las mujeres muestran al uso callejero de los piropos. Siempre los hemos escuchado por la calle, siempre habían sido soportados por ellas y aceptados por la sociedad; por ello, lo teníamos asumido como algo normal. Recordamos, incluso, algunos piropos por su ingeniosidad. Pero, en una segunda reflexión, hay que darle la razón a la presidenta del Observatorio contra la Violencia de Género del Consejo General del Poder Judicial cuando dice que «el piropo supone una invasión de la intimidad de la mujer y debe erradicarse». Una declaración rotunda a la que han seguido artículos de muchas importantes firmas femeninas en distintos medios escritos, pasando por la opinión mayoritaria de mujeres anónimas, recogida en encuestas y estudios serios. Hay que aceptarlo y reconocer que en este asunto, como en otros muchos relacionados con el mundo femenino, estábamos un poco en Babia. Pues muchos hombres de mi quinta no vieron nunca en el piropo algo que pudiera resultar molesto para la mujer destinataria del mismo. Por eso, los autores de los pocos artículos de prensa a favor de la costumbre galante de los piropos que yo leí recientemente -después del pronunciamiento en contra de la ya citada presidenta, Ángeles Carmona, y que fue el punto de partida de la controversia suscitada- eran todos hombres maduros, escritores formados en un ayer más o menos lejano. Y es que las circunstancias históricas y sociales vividas condicionan mucho nuestro ser. No es una justificación, es una explicación. Aunque hay que añadir, inmediatamente, que para contrarrestar esas circunstancias que influyen en nuestra esencia como personas, está la educación, el ir educándose aprendiendo cada día de lo que es lógico, ético y humanamente enriquecedor. Y hay que hacerlo ya desde el hogar familiar y reafirmarlo en la escuela.

Por escucharlo reiteradamente en casa, también a compañeras y amigas, entendí muy pronto que las mujeres hacían muy bien plantándose con determinación ante esta costumbre callejera y machista que, bien mirado, puede rayar en algunos casos en un acoso injustificable. Por inoportuno, por improcedente, porque en el fondo, viene a ser una consideración de la mujer como objeto que podemos calificar de bien, mal o regular, según a cada cual le parezca. Y lo estamos haciendo con alguien ajena a nosotros, que pasa accidentalmente a nuestro lado, que no conocemos de nada... La gracia y el ingenio están muy bien para otras cosas, pero no para abordar la intimidad de una mujer y causarle la más mínima molestia en su normalidad callejera. Ni para azorarla, haciéndole pasar un mal rato, convirtiéndola en destinataria de algo que ella no nos ha solicitado. No es que no distinga entre lo que es un piropo galante y una burda grosería. Claro que lo distingue, pero la mujer de hoy -y seguramente también la de antes, aunque se la escuchaba menos-, en cuanto al piropo se refiere, reivindica el derecho a no recibir lo que le molesta; el derecho a no ser interpelada por alguien a quien no conoce ni quiere conocer, por mucho que este quiera celebrar singularidades que nadie le solicita. En fin, que quien de nosotros no se haya puesto ya en esta línea, que lo vaya haciendo. Si es que no quiere seguir viviendo en el siglo XIX.

Viéndolas pasar José A. ponte far