Cuando Safrinski se quedó solo ante la cinta transportadora vacía supo que la compañía aérea le había perdido el equipaje. Conocido por sus ensayos sobre la teoría cuántica, volaba una vez al mes para atender las invitaciones de universidades de todo el mundo. Conocía el procedimiento de sobra, y en la oficina apenas le hizo falta hablar. Extendió sobre el mostrador el recibo con el código de barras y un muchacho lo marcó con la pistola de luz roja. Su rostro reflejó una intensa sorpresa al comprobar la pantalla.
-Su Maleta ha llegado _dijo con un hilo de voz.
-¿Cómo? -respondió Safrinski-. No la he visto en la cinta.
-Porque no estaba allí, señor -condeció-. Su malesta llegó hace 43 años.
-No diga bobadas. Eso es completamente absurdo.
-Nos deshacemos de los equipajes no reclamados a los seis meses. Solamente guardamos esta de recuerdo porque... Es la primera que nadie reclamó cuando se construyó esta terminal.
Señaló después una maleta que había de adorno sobre una mesa. Estaba cubierta de polvo y más vieja, pero sin duda era la suya. Asintió y el muchacho la puso frente a él. Introdujo la llavecita en la cerradura del candado; se abrió con un chasquido. Safrinski parpadeó y se aclaró la voz. Se sentía viejo. Viejísimo.
-Comprenderá que tengo que hacer esto solo -murmuró después-. Tomó consigo su equipaje, que pesaba -pensó- demasiado, y lo arrastró hasta la fila de taxis que había a la salida del aeropuerto.