Irina

Miguel Salas CUENTOS BÍFIDOS

FERROL

24 dic 2014 . Actualizado a las 05:00 h.

Fabián preparó bien la primera cita con Irina. Él sabía lo que les gustaba a las chavalitas de su edad: la llevó a un restaurante de las afueras, le enseñó luego el terreno en que su empresa estaba edificando una urbanización de lujo y por último el toque castizo: cafelito en el Gijón y paseo por el Retiro. En un arranque anticuado de galantería se empeñó en remar en una de las barcas del estanque, por eso de que le luciera el gimnasio a pesar de sus setenta años.

Hablaba él de un negocio nuevo en Castellón cuando ella sacó un cigarrillo y le pidió fuego. Rebuscó en sus bolsillos sin éxito. Irina, rubísima y enigmática, señalo con la cabeza a un chico que escuchaba música solo, en una barca a unos tres metros de la suya. Fabián llamó su atención lanzándole una moneda.

-¿Tienes fuego, nene? -le preguntó cuando el otro se quitó los cascos.

El joven, un tanto picado, remó hasta poner ambas barcas en paralelo. Sacó un encendedor, lo dejó en el fondo de la barca y respondió: ven a buscarlo. Después volvió a ponerse los cascos y miró para otra parte. Fabián intentó cogerlo desde su sitio, pero fue inútil. Comprendió que no podía dar marcha atrás y pasó con torpeza a la barca contigua. En cuanto estuvo en ella, aquel muchacho ensimismado ocupó con gesto felino el puesto que él acababa de abandonar. Se sentó, empuñó los remos y comenzó a remar hacia el embarcadero.

Irina sonrió complacida, lejana, calma, y tiró el cigarrillo sin empezar al agua.