Las afrentas y despropósitos de los que fueron víctimas Astano y todo el sector naval ferrolano desde que, en los lejanos años 80, el Gobierno incumplió con todo lo que el ministro Solchaga había hablado con políticos y sindicalistas, hasta nuestros días, siguen pesando como la chapa de quilla del más grande de los barcos aquí construidos. Tantas mentiras e incumplimientos nos han hecho descreídos, pero sería una doble condena que las secuelas de aquello nos impidan pelear por las oportunidades que se presentan.
Han pasado demasiados años desde el fiasco aquel de la Sociedad Italiana del Vidrio, que iba a ocupar terrenos de Astano y recibir subvenciones millonarias de los incentivos de la llamada primera reconversión. Desde entonces se han repetido cíclicamente propuestas para obtener rendimiento de instalaciones y terrenos que quedaron al barbecho industrial. Quizás la más sonada fue aquella promovida por el bipartito de la Xunta según la cual el astillero vigués Barreras se haría con la vieja Astano.
Todo quedó en nada, y aportó nuevas dosis de suspicacia entre una población escéptica sobre las verdades intenciones para las instalaciones fabriles de Fene. Los sucesivos gobiernos, Bruselas, los partidos políticos y los sindicatos, que siempre han rechazado que el astillero salga del sector público, envueltos en conversaciones y negociaciones -en algún caso con cláusulas secretas, como la que llevó a la aceptación del último veto- que hasta ahora han tenido como único resultado la parálisis casi absoluta del astillero. Eso sí, con el unánime reproche de que se trata de uno de los mayores absurdos de la historia industrial: conocimiento y herramientas punteras condenadas a la inacción en una de las zonas más deprimidas del país.
Al proyecto que, tal como adelantó La Voz el viernes, presentó una filial de la multinacional Gestamp para alquilar parte del astillero aún le falta alguna concreción. Pero no es una mala oportunidad para darle la vuelta al calcetín y tratar de sacar provecho de las oportunidades que se presentan y no enterrarlas aún con vida. Porque todas las dudas que pueda haber sobre la conveniencia de ceder -en régimen de alquiler- parte de las instalaciones de Navantia Fene a la iniciativa privada se enfrentan a una realidad inapelable: el astillero está parado y podría no estarlo.
El próximo 1 de enero se levanta el veto y es la ocasión para que Navantia ponga toda la carne en el asador en defensa de sus propios intereses que, además, son los de Ferrol. Pero eso, que a estas alturas muchos ponen en duda, no debe estar reñido con otras alternativas -también de la mano de los inversores privados- para lograr un mejor aprovechamiento de unas instalaciones que pueden reportar mucha riqueza a esta zona. El momento es además idóneo, porque se están produciendo movimientos en sectores como el eólico y el off-shore de los que los astilleros ferrolanos nunca debieron salir.