Cuando él se estaba marchando, ella agachó la mirada, cabizbaja. No quería verle irse, porque sabía que la punzada en el estómago sería más profunda. Le quedaban por delante nueve meses de ausencia, y alargar el momento de la despedida solo le supondría mayor sufrimiento.
Tendría que aprender a vivir sin él, aunque la falta le minase el ánimo. Salir poco de casa, cambiar de hábitos, encontrarse con los amigos con menos frecuencia, y en definitiva, encerrarse entre cuatro paredes. Solo le consolaba pensar que pronto pasaría el tiempo, y pronto volverían a estar juntos.
Sentada sobre la vieja butaca de mimbre del porche, balanceándose, recordaba los buenos momentos vividos. Los paseos al amanecer, los mediodías calurosos, el fresco de las tardes que obligaban a ponerse una chaqueta de punto. Tantas veces le había rogado que se quedase, tres meses al año son escasos, le decía, y los nueve restantes, una eternidad. Pero él siempre contestaba lo mismo, debo irme.
Cuando apenas faltaban unas horas para su regreso, ella movía los dedos nerviosa encima de la mesa, se levantaba, y se sentaba. Tanto tiempo de espera al final llegaría a su fin. Decidió ponerse un vestido holgado, para sobrellevar mejor el calor, y unas sandalias de esparto. Se recogió el pelo con una goma. Y se sentó en la misma butaca donde se habían despedido. Se puso a esperar. Sabía que era cuestión de horas. Los nervios y el cansancio hicieron que se quedara dormida. Después de un rato, entreabrió un ojo, y lo vio. Había vuelto. Solo atinó a decirle: Qué bien que has vuelto, verano.