Que por mayo era,/ por mayo, cuando hace la calor,/ cuando los trigos encañan/ y están los campos en flor,»/ , cantaba en su romance el anónimo prisionero. Desamparado como el cautivo, privado este de la avecilla que le cantaba al albor, asaeteada por un ballestero, me intuía yo con la llegada de las fiestas patronales de Canido, que disfrutamos estos días. Imaginaba resignado el chunda chunda verbenero que hace trepidar los vidrios de las ventanas, retemblar los jergones y deja los tímpanos maltrechos. No hay mal que cien años dure, me consolaba. Pero hete aquí que, por fin, la organización de los festejos fue asumida por un equipo de la asociación vecinal que preside Elia Rico, y se obró el prodigio. Ahora resulta que es posible una celebración colectiva sin necesidad de provocar sordera. Tal vez no sea preciso llegar a Eric Hobsbawm para discernir entre costumbre y tradición, acaso sea suficiente con aplicar el sentidiño y el respeto a los conciudadanos. Porque parafraseando al historiador podríamos decir que la costumbre en las fiestas es divertirse; y que estén amenizadas, es un decir, por una orquestina que descarga miles de decibelios, es una tradición. Pero las tradiciones, otra vez Hobsbawm, son puras invenciones. Los canidienses llevan días gozando de teatro, corales, pasacalles con cabezudos, folk, charangas, mercado de artesanía, danza, ilusionismo, deporte y hasta una sesión vermú ¿Habrá quien eche en falta el atronador soniquete nocturno?