Aquel inmueble le traía de cabeza. Le obsesionaba su estado de conservación. Situado en una población secularmente unida a Defensa, departamento de cuya sección de Patrimonio era uno de los responsables, el edificio mantenía su firmeza arquitectónica. Había sido sede de dependencias de variado pelaje. No recordaba bien si transportes, avituallamiento, acaso asistencia jurídica, destinos del personal y cosas así. Siempre funciones burocráticas. Quizá hubiera sido una de esas casonas incautadas a los sublevados en el Glorioso Alzamiento, la memoria no le alcanzaba. Pero lo que le traía de calle era que hacía más de tres años que había dejado de ser útil para el Ministerio y el edificio todavía se mantenía en pie, lustroso, inmaculado. Ni siquiera había sido saqueado por rateros en busca de cobre y plomo, intimidaba a los okupas, no tentaba a los vándalos... nada. Y eso que estaba vacío y sin vigilancia. Allí seguía, sano y salvo. Qué iban a decir sus superiores cuando lo comparasen con el ejemplar deterioro, el exquisito latrocinio y el achatarramiento modélico de baterías de costa, observatorios, semáforos, garitas, cuarteles, etcétera cuando reparasen en que el inmueble seguía incólume. Seguro que le caía un puro. De esa no se libraba; era la que le faltaba después de tantos años de servicio. Tal vez un lejano pariente, un poco quinqui, pudiese echarle una mano. Si no, estaba perdido ¡Qué le diría a sus superiores! ¡Cómo iban a entregar un edificio totalmente nuevo al ayuntamiento! Sí, su pariente era la única esperanza.