Ríos y regatos

José Varela FAÍSCAS

FERROL

El furor de esconder la porquería bajo la alfombra es inversamente proporcional a la proximidad al poder. Así se explica que partidos que han gobernado se escandalicen ahora desde la oposición y exijan acciones de limpieza. A veces, la imagen de la alfombra y los trapos sucios deja el ámbito metafórico para hacerse tangible: el tratamiento que reciben los ríos, por ejemplo. Cuando el saneamiento implica obligar a muchos vecinos a que dejen de verter inmundicias libremente y construyan fosas sépticas, se opta por dar el esquinazo al problema y acabar entubando las aguas. Aguas que siguen llegando perfectamente contaminadas a la ría. Pero, de este modo, todos contentos y nadie incomodado: listos para volver a votar a los tuberos. Y esto, en los casos en los que la Administración decide intervenir, que son los menos. Lo más frecuente es dejar el pastel para el siguiente y vuelta a empezar: demandar desde la oposición medidas contundentes contra la contaminación de las aguas. Es que no aprendemos. La construcción de una conservera de atún ¡en San Sadurniño! se llevó por delante -por debajo, pues estaba situada aguas abajo en el mismo río Xuvia- una piscifactoría rentable. Total, para cerrar poco después por inviable pero no antes de cobrar suculentas subvenciones. El Cisne se llamaba aquel invento desgraciado. Pero en cualquier regato humilde pueden hallarse muestras del desprecio de los poderes públicos hacia lo que podría ser una fuente de riqueza sostenible como muestran hasta la saciedad infinidad de estudios. Así nos va.