Tiembla Taiwán

Miguel Salas CRÓNICAS FORENSES

FERROL

05 jun 2013 . Actualizado a las 07:00 h.

Tiembla Taiwán y llegan a mi casa los estertores del seísmo. Mis amigos están asustados pero intactos -hechos ya a los bailes de la tierra, a los que nunca pude yo acostumbrarme-. El terremoto, además, ha sacudido y vigorizado mi memoria cuando empalidecía velozmente. La vida en Madrid está siendo tan exactamente igual a como la imaginé, se parece tanto a lo soñado durante mi estancia en Asia, cuando en esas horas bajas que todo inmigrante tiene -y en abundancia- fantaseaba con la idea de volver a mi país, que ha mandado mis años en Taiwán a un rincón oscuro del recuerdo, donde todo parece irreal y lejano.

Al ver, el domingo, la noticia en el telediario, percibí de golpe sensaciones que no regresaban a mí desde hacía meses: las tormentas de junio, que limpiaban el aire de contaminación y lo saturaban de olor a arrozal y a tierra, el sabor de los tallarines con salsa de sésamo comidos a pie de calle, al amor de los tubos de escape de las enloquecidas motos, el calor infinito, interminable, la vida en estado puro de los mercados nocturnos, las minúsculas librerías pobladas de caracteres como arañitas, entre las que, aquí y allá, saltaba a la vista algún nombre conocido -García Márquez, Ortega-, las noches de neón y ruido de motores. Las reglas, en fin, del hemisferio izquierdo del planeta, sin sentido para un pobre occidental que nunca entendió aquello pero lo echa de menos hoy, uno o cien mil años después de haberlo abandonado.