Los exámenes

Miguel Salas CRÓNICAS FORENSES

FERROL

Los exámenes son uno de los pilares de nuestra cultura, a pesar de que milenios de educación reglada han demostrado que son perfectamente inútiles. Contenedores para residuos radioactivos, los alumnos dejan en ellos todo lo que ha inflamado su cerebro durante las escasas y precipitadas horas de memorieta, y es el profesor quien, a partir de ese punto, debe gestionar el material tóxico, casi siempre sin el equipo adecuado. Si son incubados con agonía -todos los que hemos sido estudiantes podemos certificarlo- con agonía idéntica se corrigen -aunque la gente piense que los docentes no trabajamos-: en eso se parecen a las guindillas, que pican lo mismo al entrar que al salir. Y no sirven ni para aprender ni para evaluar en justicia lo aprendido.

Sin embargo, existe una rarísima -por infrecuente- utilidad en ellos: matar de la risa a los profesores. Se encuentran, de tanto en tanto, semejantes perlas entre el cieno que en el colegio se recuerdan durante años. Ayer nos enseñó el de religión su colección privada. Decía en uno de ellos un alumno que el cristianismo nació en Jaén -por Jerusalén, supongo-, otro afirmaba que Osiris era el dios egipcio de los osos y un tercero que el islam es la religión de Islamdia. Pero mi favorito fue el que contestó que las Bienaventuranzas son dos: la jubilación y la muerte. Está muy en sintonía con el espíritu de estos dichosos tiempos de crisis, que está dejando obsoleto hasta el sermón de la montaña.