El otro día, en pleno ejercicio de melancolía formosana, me acordé de una de aquellas cenas extravagantes a las que asistía, por carambola, en Taiwán: cuando se es occidental en un país tan lejano, no es extraño codearse con embajadores o súper empresarios.
En la cena aquella habría quinientas personas, y acabé sentado en una mesa de unos doce comensales. No conocía a nadie. Las conversaciones comenzaron espesitas, como siempre sucede: el tiempo, los platos, algún chistecillo tenso sobre la decoración o los camareros. Poco a poco -ocurre también- fue cada uno desarrollando una relación más íntima con el vecino y, amparados por la diferencia cultural y el anonimato -todos los extranjeros nos parecemos, en opinión de los asiáticos- comenzaron los intercambios más personales.
A mi vecino de mesa, un riquísimo ejecutivo que representaba los intereses de la familia Roschild en la región del Pacífico, se le iluminó la cara cuando descubrió que yo era español. Me explicó que en un cambio de avión en Barajas había comprado al azar una botella del licor más maravilloso que había probado jamás, y que vivía solamente para probarlo de nuevo. Recordaba su nombre.
No supo pronunciarlo, y le pedí que lo escribiera, y así lo hizo, con esa letra dibujada de niño formal con que los asiáticos trazan el alfabeto latino: Orujo Martín Códax.
He buscado su tarjeta y le he enviado una botella. Uno debe pagar el diezmo a los dioses de la nostalgia.