En los últimos años, las hojas de las tijeras del poder no han dejado de podar los recursos públicos, dejando sin la salvia que da vida a decenas de entidades asistenciales, justo en los momentos en los que la demanda de este tipo de ayuda se dispara, haciendo tiritas de papel derechos laborales y sociales que costó mucho conquistar y obligando a profesores, sanitarios y empleados públicos en general a hacer más con menos para continuar prestando un servicio de calidad.
Pero si hay un sector en el que los recortes son especialmente dolorosos es en la sanidad. Porque cuando estamos enfermos somos más vulnerables. Estamos desnudos ante unos profesionales llamados a curarnos pero también obligados a tranquilizarnos, pero los que aplican las motosierras en los presupuestos actúan con la cabeza fría, no saben de calidez. No saben o no quieren saber que obligar a una madre lactante que ingresa con su hija de siete días enferma a pasar el informe de una asistenta social para que le den la comida en el hospital es poco menos que humillante. Y si ingresa a la una de la mañana, a ponerse a expensas del personal para que le ofrezcan un café caliente y unas galletas. Todo ello, eso sí, a escasos metros del aparcamiento subterráneo más caro de la ciudad. Suerte que si bien a algunos los recortes le sirven de coartada para parapetarse ante el dolor ajeno, siempre habrá quien se rebele, intentando tapar con empatía y solidaridad los agujeros del sistema.