o primero que han hecho los propietarios de la parcela de la vieja Fábrica de Lápices, en cuanto han podido disponer de la finca, ha sido demoler los elementos arquitectónicos susceptibles de ser preservados como historia viva de la ciudad. Una decisión de manual: muerto el perro, se acabó la rabia. ¿Quién hablaba de conservar qué? (Están en su derecho: hasta es comprensible su prisa, tras dos decenios de litigios y después de ver deshincharse la burbuja inmobiliaria y quedar fláccidas sus expectativas de negocio). La cuestión no radica en la estrategia de quienes procuran el lucro sino en el terreno de juego que deben delimitar los poderes públicos, en unas normas urbanísticas que establezcan unas pautas coherentes con un elemental sentido de la historia, de la cultura y del respeto a los ciudadanos. Pero la derecha, como el viejo Adam Smith, lo fía todo a los prodigios de la mano invisible, y sabemos por experiencia que entre los constructores, mecenas, lo que se dice mecenas, más bien hay pocos. De modo que tenemos el amargo privilegio de ser testigos de cómo sucumbe bajo la piqueta otro icono de la arqueología industrial ferrolana. La demolición de la fábrica Hispania, que manufacturó tantos millones de lápices Johann Sindel, tal vez preludie otra excrecencia urbanística a sus pies, un mamotreto arquitectónico en el puerto: para abrir Ferrol al mar, así como suena. Y esto lo dispone una derecha que, acaso por el ruido de viejos fantasmas familiares, aún prefiere el nombre de conservadores. ¿Conservadores de qué?
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