Lista de espera

José Varela

FERROL

aciente hasta la mansedumbre beatífica, aceptó sin reservas que en aquel momento el registro de citas del hospital público Arquitecto Marcide no podía reservarle consulta con el especialista. Era marzo del 2010. Asintió comprensivo cuando tres meses más tarde obtuvo la misma respuesta al intentarlo de nuevo. El sistema informático tampoco dejaba abierta la opción en septiembre ni en diciembre. El hombre, que propendía a ver el lado bueno de las cosas, caviló que una sanidad pública que gozaba de aquella excelencia necesariamente provocaba un efecto llamada que elevaba exponencialmente la demanda. Habría que esperar, pues. Paciente, sí, pero no menos contumaz, reiteró su solicitud en febrero del 2011 y, para celebrar el aniversario, lo repitió en marzo. Más que irritación, sentía curiosidad por precisar su situación. Puesto que técnicamente no figuraba en una lista de espera, y sin embargo había transcurrido ya más de un año sin obtener cita médica, reparó en que tal vez vagase por un limbo administrativo en compañía de miles de almas aquejadas de flatos, varices, hernias y dolencias varias, y cuya etérea existencia no desafinaba las salmodias de la conselleira del ramo. En junio, con la esperanza de quien adquiere un boleto de la Once, se acercó a la unidad de atención al paciente y, hula hop, obtuvo reserva para dos días después. Había transcurrido más de un año entre la solicitud y la entrevista con el médico, sí, pero lo cierto es que lo hizo sin necesidad de figurar en lista de espera. Un prodigio.

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