l ocio es un peligro. El hombre no tenía nada que hacer y abrió el primer libro que halló a mano mientras vagaba por su casa a la espera de ser enviado a hacer un recado. Resultó ser El gaucho Martín Fierro, y caviló: a ver si va a estar en lo cierto José Hernández, y, al final, la ley es como una tela de araña -?No la tema el hombre rico, nunca la tema el que mande, pues la ruempe el bicho grande y solo enrieda los chicos?-, y, aunque no estemos en la Argentina del XIX que inspiró sus rimas, haya realidades que tercamente se empecinen en despistarnos. Se conocía, de modo que despejó de inmediato el riesgo de que se le ensombreciese aquella mañana espléndida con la angustiosa opresión que cíclicamente le causaba la descarada impunidad de los responsables de la crisis económica, y pensó en otras cosas. Devolvió el libro a la estantería y optó por el periódico. ?La policía registra varios chalés en Río do Pozo en busca de droga?, leyó. Vaya, creía que no le fallaba la vista: cada día, a cualquier hora que circulase por la autovía Freixeiro-Río do Pozo podía ver coches, con frecuencia también taxis, en un camino de tierra próximo a un pequeño poblado de chabolas en el que entraban y salían jóvenes un tanto agitados. El hombre no se tenía por fantasioso y aquella escena le parecía esplendorosamente inequívoca. Pero como no todo es lo que aparenta, concluyó que empezaba a ser presa de figuraciones. Y puestos a fantasear, mejor un poema épico pampero que un periódico del día. Y regresó al gaucho.
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