La duda

Andrés Vellón Y

FERROL

a han pasado cuatro años y la duda continúa rondando. Una duda que cada vez se acentúa un poco más. Que atenaza. Que angustia. Que hasta hace que el protagonista de esta historia se llegue a sentir incómodo.

¿Pero cuál es el motivo de esa intranquilidad? Tan obvio que asusta. Tan evidente que a lo mejor, a usted, le sucede exactamente lo mismo. Llega, de nuevo, un día de votación. Una jornada para el ejercicio de la democracia. Y el sentido común invita a preservar ese tesoro, el de la democracia, acercándose a la urna para ejercer el derecho a decidir.

Pero la duda sigue estando ahí. Justo en el mismo sitio. No se despeja. No se mueve ni un solo milímetro. El colegio electoral está muy cerca. Un simple paseo y listo. No se trata de un problema de comodidad. Tampoco de pasotismo. Es una mezcla. Un combinado de incredulidad y decepción lo que cimenta esa duda. Lo que hace que la inercia de quedarse sentado se agudice. Que parezca que no participar en el proceso pueda ser lo más coherente.

Pero, a pesar de la duda, el personaje principal de estas líneas, finalmente, va a tomar una decisión. Lo va a volver a intentar. Por la derecha, por la izquierda, por el centro, por los independientes o por el voto en blanco. Pero se pronunciará en las urnas.

Porque, al final, mojarse es la única forma, cree, de contribuir. De obligar al político a trabajar. A no embarullar. A cumplir. Y el votante, cita tras cita, hace eso mismo. Cumplir. A pesar de esa duda. Más que razonable.