uerida Luz: Un virus está atacando a la población taiwanesa. Afecta sobre todo a los adolescentes y veinteañeros. No es mortal, pero merma drásticamente las capacidades mentales de las víctimas. Vuelve la mirada vidriosa y fija, relaja la mandíbula en un gesto inconfundible de bobería, impide cualquier tipo de comunicación inteligente entre afectados. El nombre de tan terrible amenaza es Iphone, y da miedito.
¿Cómo es posible que un cacharro pueda cambiar la faz social de un país entero? Allí donde había conversaciones, hay ahora silencio. Da grima entrar en las cafeterías: parecen cementerios. Portátiles, Ipads, Ipods e Iphones -¿significará la I idiotizante?- han acallado la voz humana. Sentados a la misma mesa, los amigos se comunican a través del Facebook. Es más importante escribir que estás tomándote un café que el mismo hecho de tomarlo.
Muchos de mis alumnos son ya incapaces de seguir una de mis clases sin echarse una mano al bolsillo para comprobar que no haya nuevos comentarios a sus comentarios de otros comentarios -a eso deben referirse los gurús cuando hablan de la red-. Siempre llevan -y no exagero- una batería de recambio en la mochila. Todo menos vivir desconectados, menos tener que volver a mirar, a oler, a hablar, a escuchar, a leer más de dos líneas de un tirón.
En España, de tanto hablar, nos quedamos afónicos. Aquí, por iphónicos, no hablan. Aunque dudo que nosotros resistamos el contagio mucho tiempo.
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