Se levanta el telón y empieza una función que se desarrolla en una maravillosa bombonera de finales del siglo XIX. Que luce cara nueva, rehabilitada, y que cada fin de semana acoge un sinfín de espectáculos culturales, disfrutables por sí mismos y por lo que les rodea. Un teatro que es referencia en Galicia por la cantidad y calidad de su programación, por su riqueza arquitectónica y porque es en la urbe naval un ejemplo de que el Ferrol rehabilitado sí es posible.
Pero imagínense que un día una pieza de seguridad de ese teatro se cae, y tal acontecimiento sirve para esparcir entre gobierno y oposición una retahíla de acusaciones y para sacar a la luz numerosos informes técnicos que, a la postre, revelan que las instalaciones acogieron desde su inauguración cientos y cientos de espectáculos sin que las normas de seguridad estuviesen del todo correctas.
Mientras los unos culpan a los otros, y los otros presumen de hacer lo que no hicieron los unos, lo que sí parece estar claro es que, independientemente de acusaciones políticas, el Jofre no recibió el mantenimiento que una infraestructura de estas características se merecía. Y lo que es peor, la consecuencia de ese mal trato que se ha dado a la maravillosa bombonera de la que les hablaba obliga ahora a mantenerla cerrada sine die.
Mientras tanto, el telón del Jofre sigue bajado, el patio de butacas vacío y la taquilla cerrada. Pero el espectáculo debe continuar.