oy fumadora. No activa. Sí pasiva. No fumo porque quiero, pero como quiero a quien fuma, jamás he rechistado. Respeto a los no fumadores y a los que lo son. Creo que es esta ley quien no los respeta.

Me siento una damnificada más cada vez que una charla de dos en un bar se convierte en un monólogo porque la nicotina aprieta; cuando las noches en un pub terminan a las puertas del local casi siempre, bajo un paraguas y con grandes dosis de resignación; o en el momento en que la comida de trabajo dura cada vez menos y la sobremesa en la acera cada vez más.

Yo tengo la capacidad de elegir, ellos ya no. No defiendo el tabaco, pero sí defiendo la libertad de decisión de los fumadores de hacerlo sin tener que pagar por ello el peaje de perder sus derechos. Espero, si ha de triunfar la coherencia, que se luche desde la administración pública con el mismo ahínco contra las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera o contra la utilización de elementos químicos en algunos alimentos. No todos los humos de los que hay que librarse salen de un cigarro.

¿Dónde está la coherencia si en un bar te invitan a pasar para gastarte cuatro euros en comprar una cajetilla de tabaco que van para el Estado y al instante tienes que abandonar las dependencias para fumártelo en la calle? Mientras, en la barra del bar, otros consumen con tranquilidad otras drogas legales.

Si el tabaco es tan malo, que prohíban su venta, y si no que quede prohibido prohibir.

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