Los ladrones de cachalotes

FERROL

omo tiene que haber de todo, también tiene que haber ladrones de cachalotes. Así. Como suena. Piénselo. Alguien tuvo que remover su materia gris -es de suponer que un buen rato- para llegar a la siguiente idea. Armarse con una motosierra y desplazarse hasta la playa de Lume Boo para apoderarse de la mandíbula y varios dientes del ejemplar que pereció varado en ese arenal.

Estamos, no cabe duda, ante una mente privilegiada. O varias, porque parece complejo realizar tal hazaña en solitario.

¿El resultado? Pues que la Sociedade Galega de Historia Natural ya no va a poder exhibir el esqueleto completo de ese cetáceo de once metros, que no se puede ver todos los días. Que les han hurtado a todos aquellos interesados en el asunto esa posibilidad. Y han dificultado también las tareas de investigación para recabar información sobre el cachalote.

Puede sonar a tontería. Claro. A una mera anécdota que, además, hasta puede causar gracia. Imaginar a alguien, motosierra en mano, despedazando al animal. Y me refiero al cachalote. No confundir con el despedazador, que también puede llevar a gala esa distinción, la de ser un animal.

Lo dicho. Con todo lo que está cayendo por estos lares la gracieta de los ladrones de cachalotes puede sonar a cosa menor. Pero, desde luego, no deja de ser un ejemplo de que, como se decía al principio, tiene que haber de todo. El cerebro de la operación puede estar orgulloso.

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