El vial que lleva a Cedeira es una sucesión de peligrosos tramos sinuosos
12 dic 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Al llegar a Cedeira, un cartel cuelga sobre la carretera. Dice: «Que máis ten que pasar. AC-566 xa». La AC-566 es la vía de comunicación de la villa con Ferrol, Narón, la autopista y el mundo. ¿Qué pasa con ella? Pasa, por ejemplo, que a lo largo de 18 kilómetros, que atraviesan los concellos de Valdoviño y Cedeira, hay una sucesión interminable de curvas. Hasta setenta se llegan a contar si se realiza atento el viaje desde Ferrol. Esa carretera es, así a primera vista, peligrosa. A segunda vista, mortal. Solo este año han perdido la vida sobre su asfalto tres personas, y los accidentes son constantes. Los cedeireses piden, como todos, muchas cosas para su pueblo, pero hay una que permanece invariable desde siempre: un acceso por carretera digno del primer mundo. Últimamente, esta reivindicación ha cobrado nuevos bríos y el Concello está en pie de guerra para conseguir su objetivo en la Xunta.
¿Estarán exagerando estos cedeireses? Comprobémoslo sobre el terreno. Es miércoles. Ponemos el cuentakilómetros a cero y con la libreta y el boli en el asiento del copiloto para ir tomando nota, partimos a las 16.23 horas de la plaza de Armas de Ferrol para ir de excursión a Cedeira. Dejamos atrás la tortuosa calle Rubalcava y enfilamos la carretera de Catabois. «Atención, tramo en obras» reza un cartelón. Mal empezamos. Superamos victoriosos, con mayor o menor fortuna, dos kilómetros y medio de baches y aparece la primera rotonda, la del Marcide, donde tomamos la AC-116. Seis glorietas y 17 kilómetros más allá atravesamos la Porta do Sol de Valdoviño. Son las 16.42 horas y hay que preparar las pastillas contra el mareo y pisar el freno. Al pasar el cruce que lleva a Vilaboa y a As Forcadas, aparecen las primeras señales preocupantes: curvas peligrosas y animales sueltos. Alimañas no se presentan, afortunadamente, pero sí tres eses seguidas bastante pronunciadas. Cuatro, cinco, seis, siete... Estamos en Marnela sanos y salvos. El asfalto está mojado y hay que andar con especial cuidado, aunque el conductor del coche de atrás eche chispas de impaciencia. En cuatro kilómetros contamos catorce curvas seguidas. Pasada A Ramalleira, seguimos viaje con menos sobresaltos y frenazos. A la entrada del núcleo de Pantín, el coche impaciente nos adelanta a toda velocidad.
Continuamos, aparece la espectacular playa de Vilarrube y una nueva señal de alerta, que anuncia un nuevo tramo serpenteante. Así es. Dos curvas de aperitivo junto a Casa Caneiro y luego seis seguidas. También nos encontramos con otra señal inquietante: peligro, desprendimientos. No cae nada a la calzada, pero nos enfrentamos a una sucesión de hasta veinte eses que nos dejan un tanto mareados. Llevamos recorridos desde la plaza de Armas 30,6 kilómetros, cruzamos el puente de Baleo y llegamos al municipio de Cedeira. Nos recibe con tres curvas sucesivas. Diecisiete sinuosidades después enfilamos la entrada a la villa y nos topamos con el cartel reivindicativo. Paramos en la plaza Roja a las 17.02 horas con 35,2 kilómetros recorridos, que tardamos en realizar cuarenta minutos.
Regresamos por la misma carretera -es la única, a no ser que queramos dar un rodeo por el vial de Ortigueira- y probamos a ver cuánto tardamos en llegar a los enlaces con la autovía de As Pontes, en Castro, y con la AP-9, en Freixeiro. En el primer caso, nos ponemos en 26 minutos; en el segundo, en 31.