Querido Berto: Si hay algo en lo que se diferencian España y Taiwán es en la vida nocturna de los parques. Los nuestros se llenan, al caer las sombras, de pasos furtivos, de brillos siniestros y de inquietantes susurros. El trapicheo, el sexo y el cartón de Don Simón son los amos de la noche en los jardines de domingo a jueves; el botellón los fines de semana. Una alegría.
El panorama es absolutamente diferente en la Isla Formosa. Durante el día están abarrotados de paseantes, músicos aficionados, niños y parejas de adolescentes deshojando margaritas, pero también palpitan, llenos de vida, una vez que el sol se oculta. Es la tercera edad la que reina en la sesión vespertina. A la luz de las farolas practican taichí, gimnasia, se contorsionan en los columpios para ancianos o dan rienda a su pasión (muy comedida, pero sincera) bailando algún que otro tango, tiesos como muñecos de hojalata.
Sin embargo, no son estas las prácticas que más llaman la atención al advenedizo, sino otras más difíciles de descifrar. Una de ellas son los paseos, actividad que los taiwaneses, hartos de convenciones, han reinventado bajo los auspicios de la medicina china. Solos, por parejas o en pequeñas manadas, caminan hacia atrás, de lado, o dando palmadas con los brazos estiradísimos sobre la cabeza, para favorecer la circulación del qi (la energía vital). El masaje, uno de los pilares de la cultura china, tiene también su lugar en los parques. Los hay que caminan descalzos sobre veredas de gruesos y pulidos cantos rodados, otros se encaraman a las exuberantes raíces de los ficus. En la planta del pie se reflejan todos los órganos del cuerpo, y quien soporta el dolor sale, dicen, vigorizado del paseíto. Pero, sin duda alguna, mis favoritos son aquellos que, como pequeños y huesudos osos, restriegan su espalda contra los troncos de los árboles. En los parques taiwaneses, uno se siente un nuevo Gulliver enfrentado a curiosas y desconocidas costumbres, o el visitante de un zoo de otro planeta.