Querida abuela: Si hay algo que llevo mal en esta bendita isla es el ruido constante al que los ciudadanos nos vemos sometidos. Son infinitos los factores que, con disimulo, se suman al cotidiano caos sonoro. Dicen que a todo se acostumbra uno, pero yo, fíjate bien, lo dudo. No sé si algún día mis tímpanos desarrollarán el callo necesario para vivir en paz entre tanta disonancia.
El tráfico es, sin discusión, una de las causas principales del estruendo -las calles siempre rebosantes de coches, autobuses prehistóricos, y motos con los tubos de escape picados-. Pero no la única. Muchas de las aceras de la ciudad están plagadas de tenderetes de toda laya, y no pocos de ellos ofrecen sus mercancías a golpe de megáfono. Si vives cerca de un mercado nocturno, date por vendido: no queda más remedio que adaptar tu horario al de los taiwaneses, que gustan de darse un atracón tardío antes de irse a la cama -aquí la recena es un deporte nacional-.
Sin duda, uno de los elementos más estridentes -y desconcertantes- de Taiwán son los camiones de la basura. Como no es costumbre tener contenedores comunales, cada familia ha de bajar sus desperdicios al paso del camión, y arrojarlos dentro.
Para avisar a la gente, los camiones de Taichung recorren las calles a paso de tortuga y al son de Para Elisa, de Beethoven, en versión joyero. Como te imaginarás, se les oye venir desde el otro lado del planeta; taladran los nervios del budista más pintado. Aún así, no podemos quejarnos: los camiones de Taipei, hace unos años, pinchaban lecciones de inglés a su paso. Eso sí que es matar dos pájaros de un tiro.
Ahora estamos de elecciones y hay que sumar una nueva fuente de ruido: las furgonetas electorales inundan las calles suplicando el voto a grito pelado. «Vótame, por favor, vótame, por favor», un partido para arriba, otro para abajo. Como si en Taiwán ganara las elecciones el que más da la turra. Yo creo que la gente vota para que se callen de una vez. Eso sí que es movilizar al electorado.