Estimado Lorenzo: Taiwán es como es. En una semana hemos sufrido un tifón y un terremoto. Son fenómenos muy diferentes. El segundo te sacude un instante, pero deja en el fondo del corazón una desazón casi inconsciente que crece a veces, como un surtidor oscuro, y provoca la sensación de que ha comenzado otro terremoto, aún más fuerte que el anterior.
El tifón, si no te pasa por encima -en mi ciudad no sucede, porque las montañas que dividen Taiwán longitudinalmente siempre los debilitan- se reduce a tres días de vientos violentísimos y de lluvia apocalíptica, que dejan las calles sembradas de motos caídas, árboles tronchados y basura. El temporal es tan fuerte que a mí, que vivo en un decimosegundo piso, no me deja dormir, y me dedico a contemplar, desde mi ventana, una ciudad desconocida, fantasmagórica, en la que las copas de los árboles tocan el suelo y los objetos más inverosímiles vuelan, como buitres, en círculo.
Pero lo más extraño es la ausencia de gente. Taichung, una ciudad activa a cualquier hora del día o de la noche, se vacía como si alguien le hubiera quitado el tapón y la vida se hubiera escurrido por el sumidero. Se suspenden las clases y el trabajo. Llega la noche sin que se enciendan los carteles luminosos de las tiendas, sin que los camiones de la basura avancen, mansos, por las calles, llamando a los vecinos con su sonsonete de caja de música. Las aceras bajo los soportales, normalmente atestadas de tenderetes, se abren -por fin- a los paseantes, que, escondidos en casa, no pueden aprovecharse de la tregua.
Cuando parece que el mundo va a ser arrancado de cuajo, el viento amaina y la lluvia se vuelve más suave. Y para. Y bajo mi casa planta su puesto el vendedor callejero de lámparas. Siempre es el primero. En medio de la desolación, llena, calmoso, la esquina de flexos, lamparitas de mesilla y de pie, todas encendidas. Desde mi ventana parecen luciérnagas, y son, para mí, la señal de que el tifón ha terminado, el primer parpadeo de una nueva vida.