Viaje anticipado

Miguel Salas

FERROL

Estimado Nicolás: Este mismo domingo me voy de Galicia. Paso por Valladolid y por Madrid, y el día diez de vuelta a la Isla Formosa. Una de las preguntas que más me hace la gente cuando estoy de vacaciones en España es ésa de «¿Cuánto dura el viaje?». Y yo les digo que alrededor de veinte horas, pero en realidad miento. Porque cuando uno hace un viaje tan largo, y sobre todo para quedarse tanto tiempo lejos de casa, parte mucho antes. Se llama el síndrome del viajero anticipado. Yo, por ejemplo, lo padezco siempre. Mientras te escribo, sin ir más lejos, ya estoy viajando. En mi caso, el síndrome suele manifestarse unos diez días antes de coger el avión. Los síntomas son claros: angustia metafísica, ansiedad por atracarse de toda la comida que no se encuentra en Taiwán, elaboración compulsiva de listas de cosas por hacer y gente a la que llamar, sobredosis de compras, ausencias mentales causadas por diferentes motivos. Uno de ellos es la necesidad de retener en la retina la mayor cantidad posible de imágenes hogareñas. La gente, los paisajes, las situaciones típicamente españolas, se miran de otra manera, como si fueran a desaparecer en cosa de un segundo. También se pone la oreja en las conversaciones ajenas con mucho mayor descaro. Al fin y al cabo, me voy a pasar un montón de meses sin escuchar las típicas charlas callejeras. Algunas de las expresiones que ahora se usan habrán desaparecido para cuando vuelva.

Pero las principales causas de mis ausencias mentales son más prosaicas, menos melancólicas. Te pongo un ejemplo. Después de un verano hablando como un loco (es difícil ponerse al día después de un año de ausencia) a mediados de agosto empiezo a abstraerme durante las conversaciones con los familiares y amigos, que se preocupan innecesariamente por mi pertinaz silencio. No me pasa nada malo; es que necesito todo mi tiempo y concentración para acomodar, mentalmente, todas las compras veraniegas en la maleta. Ojalá mis vacaciones no coincidieran con las rebajas.