Querido Pepe: Casi sin haberme dado cuenta, el ecuador del verano se me ha echado encima como una de esas olas que rompen sin avisar. Como disfruto -y no te ofendas- de unas vacaciones muy largas y vivo, además, en un lugar tan diferente de Galicia, siempre llega un momento del verano en el que tengo la sensación de que mi vida en Taiwán no es más que un sueño confuso y absurdo, fruto de una cena demasiado abundante, o de una insolación.
Me cuesta, además, reconocerme en la imagen que mis amigos tienen de mí y mi vida en Asia. Yo les dejo hablar, y escucho sus exóticas fantasías, en las que me imaginan siempre rezando en templos orlados de dragones, tomando el sol en playas escoltadas por altísimas palmeras, regateando en laberínticos mercados llenos de antiguos bronces procedentes de alguna oscura dinastía ya olvidada, o zampándome un pinchito de escorpiones en un mugriento tenderete callejero.
Prefiero, mientras contesto a sus preguntas, no hablarles de las noches, demasiado largas a veces, en las que no me despego de Internet a la espera de que ellos se conecten, o a la caza del último capítulo de tal o cuál serie española, por eso de sentirme un poco más cerca de los míos, de lo mío. Tampoco menciono lo complicado que es hacerse entender por gentes cuya formación mental es radicalmente opuesta a la nuestra. O lo fácil que resulta allí, como aquí, enredarse en la narcótica monotonía -hasta comer escorpiones puede convertirse en algo rutinario-. Es inevitable proyectar las carencias de la propia vida en la de otras personas que -creemos, inocentes- no las padecen. También yo, cuando estoy en Taiwán y echo de menos Covas, olvido las largas tardes de lluvia, la poca luz del invierno, el aislamiento, la crisis, los trabajos mal pagados. Me gusta imaginar que en esos momentos en los que apetece escapar muy, muy, lejos, mis amigos piensan en mí y me disfrazan con sus sueños, al igual que yo, desde allá, los visto con los míos. Es, al fin y al cabo, otra forma de ayudarse.