A uno le gusta viajar. Y lo hace cuando puede, como todos. Y, como a todos, siempre le gustaría ver más sitios. Más parajes. Más gentes. Más costumbres. Más culturas.
Pero lo poco que el que suscribe ha podido ir conociendo por ahí le sirve para darse cuenta de un par de cosas. Para atraer al turista hay que mezclar dos ingredientes. El primero, tener algo que enseñarle. El segundo, saber vendérselo.
Aplicadas estas reflexiones al territorio local se me ocurre que habitamos una zona en la que en menos de un día se puede pasar de los acantilados de San Andrés de Teixido -nunca se cansa la mirada de ver esas formas agrestes, como hechas a cuchillo- al Arsenal de Ferrol, con una arquitectura de lujo y que, además, es imposible de observar en el resto de España. Pegadito a la ciudad. Formando parte de ella.
Entre una cosa y otra se quedan todas las playas de las tres comarcas, los edificios de A Magdalena, las Fragas do Eume, los mil reclamos gastronómicos, las fortalezas de San Felipe y La Palma, las impresionantes estampas de la ría... Y todo lo que hay entre medias.
Dicho de otro modo, lo que sobran aquí son reclamos. Y de calidad. El primer ingrediente para atraer turistas está cumplido. De sobra. De hecho, en muchos otros lugares -en Galicia, en España o en el extranjero- viven exclusivamente de este sector con bastante menos.
¿Qué falta entonces? La segunda pata del combinado. La venta de lo que hay. Y ahí es, pese a algunos intentos -que existen-, donde se continúa fallando. Y es ese fallo el que redunda en que el turismo no genere más actividad, empleo, ingresos... ¿Motivo? Cada uno pensará sus cosas. Faltaría. Pero a mí no se me quita de la cabeza que, como tantas veces, también en esta materia cada concello va por libre, de forma desperdigada, sin ser capaces de ofrecer un escaparate global. Solo pinceladas. Y, en este caso, divide y no vencerás.