La costa de Meirás, que fascinó con su belleza a directores de cine como Román Polansky y a actores como Ben Kingsley y Sigourney Weaver, conserva algunos de los más sorprendentes enclaves de la costa atlántica
01 ago 2010 . Actualizado a las 02:00 h.A pesar de que el fenómeno se repite una vez y otra, y por extraño que resulte, aún hoy sigue sucediendo: porque casi nunca somos capaces de apreciar, como merece, lo que de valioso hay en cuanto tenemos cerca. Meirás sería, a este respecto, un buen ejemplo de ello. Ya que, paradójicamente, el lugar que sedujo a cineastas como Roman Polansky, director de La muerte y la doncella , y a actores como Ben Kingsley y Sigourney Weaver (que además de la cinta anterior protagonizaron, respectivamente, obras como Gandhi o Alien, el octavo pasajero ), sigue siendo, para muchos de los que desde Escandoi -y entiéndase Escandoi como metáfora de lo que ustedes y yo sabemos- suspiran por el Caribe, un auténtico secreto.
Aunque, bien pensado, eso a veces también puede ser una suerte. Porque gracias a ello, uno siempre tiene la posibilidad de reencontrarse en Meirás con el asombro y la emoción que producen los paisajes que, más allá de lo que la naturaleza ha dispuesto, parecen haber surgido de la esencia de los milagros, porque jamás falta en ellos un prodigio nuevo. También por ello, a Meirás conviene, siempre, ir con tiempo. Y esto último lo anotamos especialmente pensando en aquellas personas que nos han hecho saber, conmoviéndonos, que cada domingo hacen una excursión a los lugares que aquí van apareciendo. Cosa, ésta -discúlpesenos que la comentemos demoradamente-, que, como les decíamos, no puede dejar de emocionarnos. Entre otras razones (y esto es solo por citar algunas), porque viene a confirmar que la tinta de las estilográficas viejas y los objetivos de las minúsculas cámaras de bolsillo sirven, en efecto, para lo que tanto deseábamos que sirviesen: para poder mirar al mismo tiempo que ustedes los tesoros que unas veces la Creación, y otras la mano del hombre, han ido poniendo, como un impagable regalo que no siempre se cuida como merece, en esta Última Bretaña nuestra.
Pero en fin, mandémosles un abrazo, muy afectuoso, a los que están cada domingo ahí, con el periódico abierto -es decir, a todos ustedes-, y digamos, antes de que se nos olvide hacerlo, que pocas cosas puede haber en el mundo más bellas que acercarse a Meirás a esa hora que ya hemos recomendado otras veces: la que permite intuir la proximidad del crepúsculo. Dirán los amigos de que el sol brille con fuerza (también ellos tendrán su parte de razón, por supuesto) que todo Meirás es muy hermoso a las horas de más calor. Especialmente en lo que a las playas respecta. Pero uno, particularmente, es más de ver todas las luces, no una sola. Por aquello, ya saben, del misterio.