Un beso

Miguel Salas

FERROL

Querida Sabela: Se marcharon las taiwanesas. Los dos últimos días fueron los menos movidos, porque faltaban ya las fuerzas. Los invertimos en playa, últimas compras y cine en español. Todo muy familiar. Pero con las taiwanesas uno siempre ha de esperar sorpresas, como la tarde en que mi amigo Luis nos acompañó a Ponzos. El tío se machaca en el gimnasio, y tenía a la parroquia asiática, que está acostumbrada a hombres flaquitos como juncos, revolucionada. Una le llenó el ojo, y para establecer contacto usó el truco de la cremita en la espalda. Menudo diplomático avezado. La chavala no cabía en sí de felicidad. Cuando, de vuelta, sentados ya en el coche con las puertas abiertas, nos sacudíamos las arenas de los pies, Luis pidió a su ligue playero un beso de despedida. No contaba el inocente con que los besos en la mejilla no existen en Taiwán. Mi alumna se levantó, se acercó a él, y le plantó un beso, pero de tornillo. Luis estaba encantado. «Las taiwanesas -comentaba al día siguiente tomando una caña con los amigos de la aldea- son muy simpáticas y se toman todo al pie de la letra». Ya están, varios de ellos, organizando una visita a Asia para septiembre. Las chicas también pasaron por mi casa. Mi madre quiso prepararles una comida gallega, con empanada, tortilla de patata y esas cosas que gustan a todo el mundo. Ellas correspondieron con algunos dulces importados desde la mismísima isla Formosa: pastelitos de piña, tortas de pasta quebrada y manteca, galletas de café con relleno de sirope de caña. El intercambio gastronómico fue un éxito, y la única que, hasta el momento, no ha querido probar cosas raras es mi abuela, fiel, como siempre, a sus rutinas. El último día, mi hermano, su novia y yo fuimos a despedirlas a la estación. Todo fue perfectamente normal hasta que el conductor arrancó el autobús. Entonces, todas a una, rompieron a llorar. Ya dentro, escribieron una notita y nos la enseñaron por la ventana: Nos encanta vosotros, decía. Imposible no quererlas.