17 jul 2010 . Actualizado a las 02:00 h.

Apetecer, lo que apetece, es hablar del triunfo mundialista. Pasan los días y no se borra esa sensación de victoria y de conexión colectiva. Pero, por no abusar, lo dejamos. Pero sirve el fútbol como antesala de otra cosa. En Ferrol, como en todas partes, lo que manda es la calle. Si gusta, bien. Y si no, también. Es fácil percibirlo en cualquier esquina. En cualquier cafetería. Escribo desde una. Y escucho. A un par de chavales echando un ojo a la prensa y pintándole la cara a Bosé. No se creen mucho lo de la garganta del hombre. Pero les da igual. Rosendo cumplirá. Veo a una pareja con dos niños. Cierto gesto de preocupación. Cábalas de bolígrafo sobre servilleta. ¿Estarán haciendo cuentas para fin de mes? Tres veteranos repasan la obra de la carretera de Castilla. Si mucha acera, si poca... Se verá.

Lo que no llego a percibir es ni una palabra de política. Ni del debate sobre el estado de la nación. Ni de la gestión de la Xunta. Ni de la de los ayuntamientos. ¿Es posible que la lejanía entre unos y otros sea tan grande? ¿Es posible que la gente esté tan hastiada? ¿Tan harta de estilos donde la falta de ideas se suple con pobre descalificación? ¿Que ya nadie se crea nada? Sí. Una pena, pero muy posible. Porque la calle, que es la que manda, no quiere más problemas. Que ya tiene los suyos. Quiere soluciones. No humaredas.

La calle manda. Por fortuna. Lo ha hecho, lo hace y lo hará. Y los que no se den cuenta de eso, y se supone que trabajan para la gente, deberían hacer las maletas y volver a casita. Que se está muy calentito. A la calle lo que le importa en el fondo es una eficacia política que escasea. Y las y los que se dedican a eso y no pueden aportar nada más que demagogias y discursos previsibles deberían pensar en, por lo menos, dejar de aburrir. Y de crispar. Es lo que, ahora, manda la calle.