La Cámara

José Varela

FERROL

Supongamos que las cámaras de comercio sean hoy algo más que un anacronismo, algo diferente a un resto fósil de arqueología institucional con respiración asistida. Imaginemos que la adscripción obligatoria de los empresarios a la férula cameral tenga encaje en un Estado que consagra la libertad de los individuos a la libre asociación. Concedamos que, desde sus orígenes gremialistas, las cámaras hayan sabido adaptarse a un mundo globalizado. Aceptemos que restituyen a la sociedad un beneficio siquiera parejo al presupuesto que consumen. Pensemos que son, en fin, un valioso instrumento para una acción empresarial moderna y eficiente. Más aun, asumamos que los empresarios, ya que no les queda más remedio que cotizar, están vivamente interesados en que el organismo cameral siga funcionando. Tal vez así se entienda que derrochen esfuerzo, tiempo y ambiciones para hacerse con el timón de la nave.

Pero tratándose de empresarios, que pasan por ser la parte más dinámica, osada y futurista de la sociedad, el reciente proceso electoral en la Cámara de Comercio de Ferrol (al margen de algún trance de astucia poco escrupuloso) no deja de plantear dudas. ¿Qué opinión les merecería a ustedes la autoestima de los médicos si eligiesen presidente de su colegio profesional a un arquitecto? ¿Cómo valorarían la confianza en si mismos de unos transportistas que proclamasen secretario general de su organización profesional a un procurador de los tribunales? ¿Se refuerza la imagen social de unos empresarios que entregan su gobierno colectivo a un valido, alguien ajeno a la profesión? ¿Dónde quedan sus proclamas de eficacia, control del riesgo, valor, sentido de la realidad, etcétera frente a los siempre pusilámines políticos de turno? ¿Verdaderamente ningún empresario de Ferrolterra se siente capaz de pilotar una cámara de comercio? Después de este episodio, ¿alguien tiene todavía confianza en que estos empresarios sean capaces de sacar la comarca adelante?