El amianto (del latín, amiantus: incorruptible) o asbesto (del griego, asbestos: incombustible) es un mineral presente en la naturaleza, y sus excepcionales propiedades físicas lo convierte en, efectivamente, indestructible, de ahí su nombre y sus múltiples aplicaciones en la industria. Se trata del aislante perfecto del calor, del frío y de los sonidos, por esto se ha utilizado ampliamente durante años: construcción de barcos y edificios, industria automovilística y del ferrocarril, trajes ignífugos, y así hasta más de 3.000 aplicaciones industriales.
«Era» el aislante ideal, pero se vio que, además de tener unas fabulosas propiedades físicas, también tiene unas «fabulosas» propiedades como causante de enfermedades, entre ellas, cáncer de pulmón, de pleura o algunos tumores digestivos, todos ellos probados desde el punto de vista científico. De hecho, el amianto figura en el listado de cancerígenos del grupo I de la Agencia Internacional de Investigación para el Cáncer, vinculada a la OMS. Se trata de una sustancia de la que hay suficientes pruebas que confirman que causa cáncer en humanos (aunque algunas sentencias dictadas por jueces se empeñen en decir lo contrario).
Con ello, no quiero decir que todos los trabajadores que han estado en contacto con el amianto vayan a padecer algún tipo de cáncer; igual que no todos los fumadores padecen cáncer de pulmón, aunque sí aumenta su probabilidad. La combinación de dos cancerígenos, tabaco y amianto, multiplica ese riesgo por 50.
No solo ocasiona cáncer, también produce otro tipo de patologías, principalmente respiratorias: engrosamientos pleurales (la pleura, membrana que recubre el pulmón, se engrosa por la inhalación de fibras de amianto) y asbestosis (enfermedad que afecta al pulmón produciendo una pérdida de capacidad respiratoria, ya que este se vuelve más rígido, y el oxígeno pasa con mayor dificultad al torrente sanguíneo). Todas ellas tienen un punto en común: el largo período de tiempo que transcurre desde la exposición hasta la aparición de la enfermedad, de 10 años a 40 o 50.
Por todo ello, aquellos trabajadores que piensen que han estado en contacto con amianto en su vida laboral, debido a su trabajo en las actividades mencionadas, deberían revisarse a través del Sistema Nacional de Salud, como así se recoge en el Real Decreto 396/2006 publicado en el BOE de 11 de abril de 2006.
Estos reconocimientos se vienen realizando desde hace años en Ferrol, ciudad cuya principal actividad económica ha sido la construcción naval, cumpliendo el Protocolo de Vigilancia Sanitaria Específica del Ministerio de Sanidad, y promovidos y apoyados desde la Asociación Gallega de Víctimas del Amianto (Agavida), los principales sindicatos, y la Consellería de Sanidade y Sergas.
Si bien es verdad que se ha demostrado que -a diferencia de las mamografías en el cáncer de mama- las radiografías de tórax periódicas no sirven para la detección precoz del cáncer de pulmón, estas revisiones pueden ayudar a que la gente sea consciente de un problema que si no desconocería, y que tal vez en un futuro sea compensado económicamente de alguna manera, como ya pasa en países como Reino Unido.
Finalmente, no puedo dejar escapar la oportunidad de concienciar a todos aquellos trabajadores que piensen que pueden haber estado expuestos a solicitar dicho reconocimiento. Astilleros y el sector de la construcción o del automóvil deben ser también objetivos para la concienciación. Para ello, probablemente se necesiten más recursos económicos y humanos, y una mayor colaboración entre los distintos organismos implicados (Unidades de Salud Laboral, INSS, Sergas, Ministerio y Consellería de Traballo). Debemos ser un todo, y no «compartimentos estanco», a la hora de abordar esta cuestión.