Querida Raquel: Sabes que me encanta viajar contigo. Te va, como a mí, sacarle punta a los detalles sórdidos que todo viaje regala al ojo atento. Sólo el sentido del humor permite superar la náusea que, infalible, surge del encuentro con las costumbres diferentes. Es algo universal: el mismo asco que nos dan a nosotros los pinchos morunos de escorpiones, le da a los asiáticos el conejo al ajillo.
Aunque China supuso para mí una prueba mayor, en Taiwán también he tenido que enfrentarme a muchos de tales detalles. Me enervan, por ejemplo, lo espesos escupitajos rojizos que muchos hombres -las mujeres lo consideran poco elegante- dejan en las aceras después de masticar la nuez de betel. Algunos taxistas acumulan la saliva color de mercromina en un vasito de plástico. Arrojan su contenido a la calle cada varias horas. El espectáculo repugna al más pintado.
Otra de las cosas que me cuesta digerir (en sentido figurado) es la uña larga en el dedo meñique de la mano (a veces rebasa en longitud al dedo anular). Nadie ha sabido aclararme la causa de semejante hábito, pero todos están de acuerdo en utilizarla para hurgarse los distintos orificios faciales, lo que lo convierte en un elemento odioso de la cultura china, sobre todo si el portador o trabaja en un restaurante o está a punto de hacerte un masaje.
Sin embargo, la costumbre que más me perturba son las verrugas faciales peludas. Los nativos creen que trae mala suerte afeitarse o arrancarse el vello que crece sobre los lunares. Esto supone que algunos ancianos ostenten pelambres lunáricas de dos palmos de longitud, retorcidas como el alambre. Uno no sabe qué es el horror hasta que uno de esos vellos antiquísimos, lento pero inexorable, le roza el brazo, o el cuello, en un abarrotado mercado nocturno. Se tiene una extraña sensación de contagio, como si los propios lunares comenzaran a producir pelacos monstruosos movidos por una oscura voluntad de crecer. Sé que suena a película de terror, pero no exagero, Raquel. Ni un pelo.