El próximo día 27, la Fundación 10 de Marzo presentará en Ferrol un libro biográfico sobre el sindicalista y militante comunista mugardés José Manuel Iglesias. Hombre de la estirpe ética de Paco Filgueiras, Iglesias formó parte de un rocoso núcleo de abnegados trabajadores de la antigua Bazán cuya inconmovible determinación contribuyó a que el país recobrase las libertades democráticas que hoy disfrutamos. Tal vez habría que ir más allá: no solo contribuyó, sino que en algunos momentos esos ciudadanos admirables fueron la única luz en una sociedad oscurecida por el miedo impuesto por la dictadura. No fueron tiempos fáciles y se necesitaba temple de acero para salir de los hábiles interrogatorios con la voluntad intacta, ya que no era posible hacerlo con la epidermis entera.
El tiempo agiganta algunas figuras humanas como la de Iglesias y sus compañeros, pero a condición de que no se pierda la memoria, de que no se olvide de dónde venimos. Con la perspectiva que da el paso de los años se hace más pertinente preguntarse ¿qué pretendían poniendo en riesgo sus vidas, sometiéndose ellos y sus familias a una zozobra permanente de persecución, marginación y tortura? ¿enriquecerse, tener éxito social, ascender laboralmente..? Una sociedad decente debe de saber la respuesta.
Y es esa memoria la que acaba de recibir un mazazo que trasciende la sanción al juez Baltasar Garzón y apunta mucho más alto: a pervertir la historia para presentarnos a los verdugos como víctimas. Por eso son necesarios todavía actos como el que promueve la Fundación 10 de Marzo: para recordar la tenacidad viril y la limpia resolución de un demócrata como Iglesias, sí; pero también para recordarnos a todos que la sociedad avanza muy rápido cuando los que empujan son los mercados financieros pero lo hace muy lentamente, a trompicones, con obstáculos de todo tipo, y a costa de muchos sacrificios personales cuando se trata de ensanchar los derechos civiles.