Querido Carlos: tú que eres muy manitas, y andas arreglando tu casa de Mugardos en ratos perdidos, descubrirías en Taiwán un mundo de posibilidades. Los españoles tenemos fama de hacer las cosas muy despacio, pero todo es relativo: depende de con quién se nos compare. Ni italianos ni portugueses son más rápidos que nosotros, por poner un ejemplo. Quienes sí nos dejan a la altura del betún son los taiwaneses. Es como comparar un patinete con un acelerador de partículas. Así pasa, por ejemplo, en el sector inmobiliario. Es cierto que los edificios, en Taiwán, son de turrón y las cuadrillas de obreros mucho más numerosas, y que no entienden de horarios ni de festivos, pero se dan tal prisa en construir que a veces parece cosa del demonio. Llegan, hacen agujeros como si les fuera la vida en ello y, en cosa de semanas, hay un edificio de nueve pisos plantado sobre el parque donde los ancianitos del barrio hacían tai chi. Los típicos abueletes que, en España, se cuelgan de las vallas para ver las obras, no tendrían aquí tiempo ni para ajustarse las gafas. Pues cuando destruyen son aún más eficaces. Le echan una saña impensable para un español. Es como si odiaran el cemento y quisieran borrarlo de la tierra. Hace unos meses volvía a casa en moto y me pasé de largo mi calle. Y no es que anduviera despistado, es que la cafetería que siempre tomaba como referencia para girar ya no existía. Por la mañana, al ir a la facultad, aún estaba allí -paré para tomar un té-. Al volver, a eso de las seis de la tarde, no quedaba más que un boquete blanco e inmenso. No exagero, palabra: barra, taburetes, cuadros, mesas? Todo había desaparecido. Una de las camareras seguía allí, dando el último repaso entre los cascotes, y me saludó cuando volvía a pasar. Si no la llego a ver, te juro que me voy derecho al psiquiatra haciendo pucheros. Al final, como a todo, acaba uno acostumbrándose a los drásticos cambios del paisaje urbano. Es como vivir en una ciudad construida con piezas de Lego.