Amboage, la plaza dedicada a la memoria del benefactor ferrolano por excelencia, conserva prácticamente intacto el espíritu original del barrio de A Magdalena, concebido como un espacio destinado al arte de convivir
12 mar 2010 . Actualizado a las 15:20 h.Nunca ha faltado quien sostenga que donde los antiguos se reunían para celebrar sus viejos cultos con rituales secretos, todavía puede sentirse hoy la fuerza de la tierra: la potencia de lo telúrico, que reconforta el corazón tras atravesar la piel. La verdad es que, exageraciones aparte, en buena parte de los lugares a los que la humanidad ha vuelto la mirada durante milenios, hay algo de eso. Y viene a cuento este preludio, o eso pretende, para tratar de establecer un cierto paralelismo, un tanto desenfadado, entre el misterio de los lugares que albergaron cultos paganos, y que en muchos casos después fueron cristianizados por la fuerza de la fe, y la sensación que produce caminar por la plaza de Amboage. Porque si en Santo André de Teixido o Nosa Señora de Chamorro (por citar dos casos en los que con el tiempo se alzaron iglesias) y en lo más alto del monte Marraxón (donde sepultaban a los suyos quienes leían el futuro en las estrellas) es bastante posible que uno perciba, de vez en cuando, que nos contemplan más ojos de los que por lo general creemos también, cuando retornamos a la urbanísima plaza que guarda la memoria del benefactor de la ciudad por excelencia, Ramón Pla y Monge, es fácil que sintamos que el barrio de A Magdalena fue concebido como un lugar para la convivencia. Un lugar de una belleza capaz, además, de conmover a cualquiera.
«Me vine a vivir aquí, a Amboage, y sinceramente te lo digo: estoy encantado. En mi opinión, no hay un lugar mejor para vivir en Ferrol», dice Paco, uno de los mejores lectores de poesía que uno pueda conocer. Pepe, que fue alumno del Tirso y es uno de los más fieles seguidores del Racing, la recuerda «cuando todavía era de tierra». «Más tarde -añade este último- la cubrieron de chapapote; no olvido el día en el que guardé en el bolsillo del pantalón un palo que había untado en el suelo. El alquitrán se derritió después por la ropa, con el calor del cuerpo, y vaya lío que tuve en casa al volver». También Carlos, extraordinario fotógrafo y gran conocedor de lo que fueron las tierras de la Reina de Saba, que creció cerca de allí (Carlos, no la reina, ya se entiende) y solía jugar en aquella plaza, rememora hoy el Amboage de su infancia «cubierto de grava», lo que convertía en un desafío a la suerte -al menos para las rodillas- cualquier partido de fútbol. Hermenegildo, ingeniero de profesión y humanista por convicción, dice, y tiene razón, que entre las grandes virtudes que la plaza tiene está la de que cuando la transitas muy raro es que no te encuentres con algún amigo en ella. Y Fernando, que hasta su prejubilación se dedicó también a la ingeniería, piensa igual. A todos ellos los ha visto pasar mil veces, y siempre con el mismo silencioso afecto, el Señor Marqués, que allí está, sobre su pedestal, disfrazado de estatua de bronce. Insuperable ejemplo, permítasenos el apunte, Don Ramón Pla y Monge, de que no hay cosa más difícil que ser profeta en la tierra de uno. Que se lo digan a él, que donó gran parte de su fortuna para librar a los jóvenes de quintas cuando el reclutamiento forzoso solía conllevar poner la vida en juego en las guerras de ultramar. Y que a pesar de su generosidad, vio crecer a su alrededor la injusta leyenda, desmentida por investigadores hasta la extenuación, de que se dedicaba al tráfico de esclavos. No merecía eso.