E
l pasado viernes tuve la oportunidad de ver el programa que una cadena de televisión retransmitió desde el teatro Jofre. Un teatro abarrotado de público y en el que estuvo como invitado de honor el presidente de la Xunta. El asunto que me lleva a hacer este comentario es el del tratamiento que se dio al tema de la regulación de la enseñanza del gallego y las sugerencias que algunos tertulianos le hicieron al presidente.
Mi preocupación, que es mía y por tanto de valor muy relativo, se basa en que en algún momento del debate me pareció que soplaban vientos de ese radicalismo lingüístico que tanto se critica cuando quienes opinan son los otros. Tan radical y excluyente es apostar como única opción por la inmersión lingüística en gallego como pretender negar la rica y plural realidad de Galicia en lo que al idioma se refiere. Es cierto que Núñez Feijoo respondió con corrección y reiteró su apuesta por la convivencia armónica de las dos lenguas. Pero me pareció tibio a la hora de rechazar posiciones que abogan por modelos excluyentes cuando eso es, exactamente, lo que rechazan los que pretenden lo mismo pero en el extremo opuesto olvidando que el fundamentalismo lingüístico o de cualquier otro tipo es el procedimiento más seguro para conseguir que el oponente se cargue de razón.
Sería deseable, aunque probablemente imposible por la intolerancia de ciertos colectivos, un amplio acuerdo sobre la enseñanza y el uso del gallego que garantizase la necesaria estabilidad de las normas y una legislación que proteja los derechos, los de todos, en lugar de imponer sanciones y obligaciones que tienen el rancio sabor del pasado más oscuro. Mi deseo es unir mi voz a la de muchos ferrolanos que, desde dentro o fuera del Jofre, apuestan por rescatar el espíritu de nuestra Constitución para articular un acuerdo del que solo se excluyan los que piensan que ellos son lo únicos capaces de saber lo que nos conviene?